Animales Nocturnos: El poder de la ficción.

Animales Nocturnos: El poder de la ficción.

¿Hasta qué punto es capaz de afectarnos la ficción? Cuando esta se transforma en almacén de recuerdos; en mensaje envenenado; en síntesis y conclusión de una idea o, por qué no, en el extracto rabioso y pasional de toda una vida, lo que queda de ella o lo que pudo llegar a ser, es capaz de cambiarlo todo.

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Animales Nocturnos (2016) es la segunda película del estadounidense Tom Ford, exdirector creativo de Gucci e Yves Saint Laurent, y ahora director de cine. Como en su anterior trabajo, Un Hombre Soltero (2009), Ford adapta la historia de una novela, Tres Noches (1993) de Austin Wright, para crear una película que nos habla, precisamente, sobre la creación como herramienta definitoria del creador.

En Animales Nocturnos conviven tres películas. La primera de ellas nos habla de cómo Susan (Amy Adams) se bebe las noches ensimismada en la lectura de la novela que le ha enviado su exmarido Edward (Jake Gyllenhaal). En la segunda, nos adentramos en esa misma novela para conocer los trágicos hechos en los que se ve envuelto Tony (también Jake Gyllenhaal) al sufrir un violento ataque que involucrará a su familia. La última de ellas, enmarcada en el pasado de Susan y Edward, nos relata ciertas escenas clarificadoras de lo que luego vemos en las dos anteriores.

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Estas tres líneas narrativas se complementan a la perfección en pulsos de tremendo poderío, gracias sobre todo al montaje de la película, una perfecta y armoniosa demostración de cómo deben ofrecerse las piezas al espectador para que él mismo se atreva a formar el puzle cuando se narra un thriller de tan denso y metafórico contenido. Por si fuera poco, la excelsa fotografía de la película, de tonos cambiantes entre lo cálido y lo frío según nos situemos en una línea narrativa o en otra, se ve acompañada por la emocionante partitura de Abel Korzeniowski, cuyo tema principal, que abre y cierra el film, nos acompañará, como algunas de sus más punzantes imágenes, más allá de su visionado.

Sin duda, una de las películas del año, por cómo su poso es capaz de afectarnos aún pasados unos días desde su visionado, y por las impresionantes interpretaciones que nos regalan sus protagonistas y secundarios, destacando a un Michael Shannon en auténtico estado de gracia. No se pierdan la oportunidad de adentrarse en esta ficción y en su corrosivo lenguaje, una obra con un fuerte carácter autoral que homenajea el poder de la creatividad y su efecto en el que la ejerce y la recibe.

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Aliados: Romanticismo de otra época

Aliados: Romanticismo de otra época

“Olvidemos la guerra por un día” dice Marianne (Marion Cotillard), justo después de que un bombardero alemán se estrelle en el patio trasero de su casa. Olvidémonos de todo menos de nosotros, parece querer decir, en un grito desesperado camuflado por la imperturbabilidad de su bello y frío rostro. El gesto de conformidad de Max (Brad Pitt) deja entrever que, al otro lado del espejo, todo en su interior es caos, pues la única certeza que conocía ha desaparecido, raptada por la duda de que su mujer, su aliada vital, sea en realidad una espía enemiga.

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Robert Zemeckis intenta algo prácticamente imposible en Aliados (2016): viajar en el tiempo para trasladarnos al thriller clásico de espías en sus mejores años, los de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca (1942), ciudad que engloba la primera mitad de la cinta. Allí surgirá la alianza romántica y pasional entre Max y Marianne, fingiendo ser marido y mujer para atentar contra un alto cargo alemán sin levantar sospechas. La manera en que Zemeckis aborda el clímax de esta entrega mutua y temeraria, con la cámara trazando círculos alrededor de un coche engullido por una tormenta de arena mientras la pasión se desata en su interior, crea un momento poderoso y bello que, por instantes, alcanza las cotas de romanticismo de antaño.

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No será el único momento con tales características —perseguidas durante todo el film aunque alcanzadas solo de manera puntual— lo que demuestra que el director estadounidense mantiene el virtuosismo visual y narrativo tradicional, combinándolo de manera brillante con un despliegue formal abandonado al preciosismo digital de nuestro tiempo: Los terribles bombardeos en momentos clave de la trama; la precisa coreografía de las escenas de acción más violentas; o el recurrido juego de espejos para ilustrar el desbarajuste de identidades. Todo denota un profundo respeto por el clasicismo cinematográfico sin dejar de permitir a Zemeckis experimentar con la evolución plástica de su obra.

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El contexto elegido, la segunda guerra mundial, engalana una bella y triste historia de amor que profundiza en aquello que funciona como verdadero sostén de las relaciones: la más pura de las verdades. La búsqueda de Max, ansioso por demostrar que esa verdad existe, posee buen ritmo y tensión, a pesar de alejarse del impacto y la sorpresa, demostrando que cuando el guion está bien construido —aunque peca de impostura en el diálogo—, todo fluye con naturalidad, hasta desembocar en un precioso y agónico final que, de nuevo, parece traer la nostalgia y la melancolía de un cine ya pasado para disfrute del espectador romántico.

Un Monstruo Viene a Verme.

Un Monstruo Viene a Verme.

Antes de hablar sobre esta película quería establecer mi opinión sobre el contexto en el que se encuentra su director, Juan Antonio Bayona, sobrepasado en todo momento por el incesante bombardeo de promoción que ha realizado Mediaset, que ha incluso superado la campaña realizada para publicitar su anterior trabajo: Lo Imposible (2012). El caso es que otra persona ha conseguido explicar la situación mejor de lo que yo lo hubiera hecho jamás, así que os invito a leer esta entrada de @marcelocriminal para su blog, donde se habla sobre la “autorificaciónque ha sufrido Bayona a través de una entretenida clase de cine.

Una vez establecida mi opinión sobre Bayona y todo el contexto social que lo rodea, comenzamos con la crítica:

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El cáncer es uno de los errores más graves de la vida. Cuando se presenta, es capaz de arrebatarnos todo aquello que nos define como personas, zarandeándonos en la penumbra de la incertidumbre y el miedo, dejando en nuestras manos lo único que nos queda cuando nos desarman por completo: la verdad.

Como un arma de doble filo, la verdad puede acabar por completo con nosotros o ser nuestra única esperanza. La nueva película de Juan Antonio Bayona, Un Monstruo viene a verme (2016), intenta hablarnos sobre esa verdad, la misma que persigue al joven Connor (Lewis MacDougall) desde que su madre (Felicity Jones) adolece de cáncer.

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Bayona muestra, con ritmo preciso y quizás demasiado despego, cómo la verdad de Connor le perturba puntualmente el sueño cada noche; le persigue hasta la escuela, donde soporta terribles abusos y una cobarde indiferencia; y le sigue acompañando en la frialdad de un hogar que se apaga poco a poco, donde la única evasión posible es la que ofrece un folio en blanco al servicio de la imaginación, mejor refugio que los brazos de un padre ausente (Toby Kebbell) y los de una abuela distante (Sigourney Weaver).

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Es entonces, en medio de esa constante y calmada tempestad, cuando un Monstruo (Liam Neeson) viene a verle. Resulta disonante que las apariciones fantásticas del mismo traigan de la mano los mejores momentos de cine del director catalán, creando situaciones totalmente libres de trampas narrativas y trucos dramáticos. A cada visita del Monstruo le acompaña una historia rodada con una portentosa animación de preciosistas acuarelas, que pretenden ayudar a Connor a liberarse de la verdad que lo oprime desde dentro.

Una vez establecida la narrativa principal del relato, la trama entra en una repetición constante de situaciones que parecen buscar la deconstrucción emotiva del espectador ante el inevitable y de sobras anunciado final. Del dolor que acompaña a la injusta y progresiva pérdida de una madre surge una rabia desmedida que Connor canaliza destrozando el salón de su abuela, pero no hay catarsis posible en ese momento, ni en los que el niño habla con su padre sobre lo que pudo ser y no fue.

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La catarsis estaba reservada para la cuarta historia, aquella que Connor debe contarle al Monstruo y que desvelará su más temida pesadilla, la verdad que lo acompaña, lo aflige y lo consume. Y es en ese mismo instante de revelación cuando de la rabia surge un nuevo sentimiento y el film entero se estremece con el poder balsámico que llega a contener la escena. Lástima que todo se desvanezca con la cascada de lágrimas que prosigue, aderezada en su justa medida con los tristes acordes de la música de Fernando Velázquez, mientras la verdad se esfuma junto a la victoria de la enfermedad que la trajo.

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Quiero cerrar el texto con una aclaración personal: aunque la película me emocionó en determinados momentos (está muy bien construida para ello) no derramé una lágrima por ella. [SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ] No llorar con una película de la que especialmente se destaca su poder emotivo tiene que denotar un problema grave de fondo, sobre todo cuando el que escribe tiene una facilidad terrible para derramar lágrimas con el séptimo arte. ¿Quiere decir esto que Un Monstruo viene a verme es una película mala? De ningún modo, pero en todo momento se aprecian sus mecanismos, sus intenciones. Creo que principal problema surge del guion de Patrick Ness, esclavo de la novela, que tiene muy claro el proceso por el que quiere hacer pasar al espectador, estableciendo ciertas trampas narrativas, con un claro in crescendo que acaba concentrando el “punch” emocional en el clímax, pero se olvida de crear por el camino verdaderos lazos entre los personajes que argumenten y soporten el calado emocional que se busca y que, por otro lado, conocemos desde el principio cuál será su causa: la muerte (Es más, nos predisponemos a ello desde el momento en que conocemos el argumento).

Si Bayona hubiese sido valiente, si hubiese querido ser el autor que proclaman sus defensores, hubiese encontrado la manera de mostrar la verdad que esconde Connor desde el principio, sin trampas ni efectos, sin desgastados tópicos que facilitan el trabajo pero sugieren cierta flojera creativa (algo que no pasa cuando el relato se centra en su parte fantástica). Habría sido entonces, cuando la película se hubiese erigido como su mejor obra, posando el enfoque del relato en la lastimosa culpa de un niño que tiene que hacerse hombre a la fuerza y que, hastiado por el dolor y la pérdida, quiere que todo termine cuanto antes, pero no quiere que su madre se vaya.

Profundizar en la idea principal que sostiene el film, la de la culpa, muchísimo más interesante y novedosa, en lugar de ocultarla malintencionadamente para forzar reacciones en el espectador, habría significado, en definitiva, mostrar sin reparos la verdad, por apabullante que esta sea, algo mucho más importante que presumir de repartir clínex antes de entrar a la sala donde la película se proyecta.

El hombre de las mil caras

El hombre de las mil caras

A veces se hace necesario dar dos pasos hacia atrás para observar con claridad el presente. Alberto Rodríguez está haciendo más por la culturización de la juventud en la historia reciente de España que cualquier ministerio de educación que se preste. Aunque, como todo buen narrador de historias, se deje llevar por la irresistible tentación de ficcionar determinados hechos para transformar, mediante el lenguaje audiovisual, la clase de historia en un cautivador thriller que atraiga a la mayor cantidad de público posible.

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En El Hombre de las Mil Caras, basada en el libro homónimo de Manuel Cerdán, se narra la increíble historia real que Francisco Paesa (Eduard Fernández) protagonizó en los años 90, engañando a todo el estado a través del inverosímil caso de corrupción que llevó a Luis Roldán (Carlos Santos) a huir de España y convertirse en el prófugo más buscado de la historia de nuestra democracia. Desde el principio se nos advierte: “Esta es la historia de un mentiroso”, y es que nadie, ni el propio Rodríguez, podrá llegar a definir con precisión a Paesa como persona, quizás sí como personaje, vistiendo una de sus múltiples e impenetrables máscaras, esas que tanto le gusta usar, como buen espía, para ocultar sus más profundos secretos y ambiciones, disfrazando así la abstracta realidad de su enigmática y magnética figura.

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El estilo narrativo que adopta Rodríguez, algo apartado de lo visto anteriormente en Grupo 7 (2012) y La Isla Mínima (2014), se aferra a ciertos elementos expositivos para condensar una historia inabarcable en sus múltiples e intrincados senderos, utilizando al personaje de José Coronado para añadir una voz en off que, en ocasiones, hace un vago favor a la frescura de la película; todo lo contrario a lo que sucede con la ingeniosa inclusión de imágenes reales de los informativos de la época, que aportan solidez y credibilidad a un relato rico en enredos y falsas apariencias. A todo aquél que haya visto la serie Narcos (2015) le sonará mucho todo lo que digo.

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Con todo ello, la película posee un subtexto lo suficientemente rico como para recordar a todos aquellos lectores del ya extinto Diario 16, que seguimos viviendo en una realidad calcada a la de hace dos décadas, marcada todavía por el horror que causó ETA y la brutal respuesta de los GAL; por los estrafalarios y sonrojantes casos de corrupción política, tan bien documentados por los medios de comunicación y tan mal llevados por los sistemas de justicia; y por la actuación de unos desconocidos espías españoles que, aunque fuesen más de chequera, también llevaban pistola. Una realidad que seguimos siendo incapaces de cambiar. Será por eso de que en España, los que viven son españoles.

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Bridget Jones´Baby: El eterno triángulo amoroso.

Bridget Jones´Baby: El eterno triángulo amoroso.

En el mundo de la comedia romántica, el personaje de Bridget Jones es la reina “British” de la torpeza y el infortunio; del fracaso romántico y el playback dramático de All By Myself. Pero también es estandarte de la mujer moderna (su trilogía engloba ese amasijo de años que conforman los 2000 hasta la actualidad) como protagonista real de la comedia, como artífice de carcajadas y blanco de ellas al mismo tiempo, siempre dueña de sus decisiones y libre de las ataduras que suelen ejercer los tópicos del género. O al menos lo era hasta ahora.

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Con el estreno de Bridget Jones’ Baby, Sharon Maguire vuelve a retomar, tras 12 años de interludio, las andaduras de una Bridget Jones (Renée Zellweger) que ha alcanzado ya la cuarentena (y también su peso ideal), pero que continua celebrando cumpleaños en la apacible soledad que conlleva la soltería, aunque esta vez haya cambiado la balada romántica de Céline Dion por el rap marchoso de House of Pain.

A pesar de este fútil atisbo de cambio de actitud inicial, la narrativa de Bridget Jones vuelve a girar en torno al embrollo amoroso triangular, esta vez fruto de los encuentros sexuales que nuestra protagonista tiene con Jack (Patrick Dempsey) y Mark (Colin Firth), ambos atractivos, ricos, inteligentes y buenos en la cama (sic). Como un capítulo de relleno de una sitcom cualquiera norteamericana, el verdadero enredo argumental emerge cuando Bridget se entera de que está embarazada y no sabe cuál de los dos apuestos pretendientes puede ser el padre.

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Aun reconociendo lo simpático de la mayoría de situaciones que prosiguen (sobre todo las protagonizadas por una mordaz Emma Thompson), la simpleza con la que ambos personajes obtienen el derecho a reclamar el corazón de Bridget y, al mismo tiempo, la paternidad del bebé, echa por tierra todo intento de mandar un mensaje sobre la valentía necesaria para acometer las dificultades propias a las que puede enfrentarse una madre soltera aún en la actualidad. Por si fuera poco, la aparición de ciertas subtramas paródicas, toscas en su montaje y algo desafortunadas en su definición, sobre unos hípsters que asaltan el lugar de trabajo de Bridget y unas feministas de Europa del este a las que defiende como abogado Mark Darcy, me desconciertan hasta tal punto que consiguen sacarme de la película.

La desilusión va creciendo hasta llegar al clímax final, tan idílico, redondo y meloso que llega a romper ciertas normas básicas del universo al que pertenece Bridget Jones, quien pasa del Fuck you de Lily Allen al We are Family de Sister Sledge con una facilidad indigna de todo lo que representa (u otrora aparentaba representar) su personaje.

Demasiado tarde para la ira.

Demasiado tarde para la ira.

“Yo cojo una escopeta y lo mato”. En España, país de dualidades, de hermanos enfrentados y de pasiones desatadas, la ira es algo común. En algunos bares hasta se sirve al gusto del consumidor: la tienes caliente, de la que explota en cuestión de segundos por una mala partida de cartas; y la tienes fría, de la que te va llenando por dentro, gota a gota, hasta colmar los sentidos de rabia. Raúl Arévalo ha rodado una película sobre la España negra, con todo su folclore, su pringue y su macabra concepción de la cultura de la muerte, siempre presente en el ambiente, conformando una ópera prima de la que presumirá orgulloso como futuro exponente del género y como una de las mejores obras de un autor novel en nuestro país, quizás desde La Noche de los Girasoles (2006), de Jorge Sánchez-Cabezudo.

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El actor y aspirante a director se atreve a comenzar su película con un plano secuencia en el interior de un coche, rodado con el pulso necesario como para agarrar al espectador del cuello y no volver a soltarlo hasta el final. Es una secuencia que muestra lo nefasto que resulta el atraco a una joyería, suceso que encenderá la mecha de toda la violencia descarnada a la que asistiremos después, tras una serie de capítulos que amenizan el montaje de la cinta y presentan a los protagonistas de la historia, así como el contexto que los envuelve. Contar más del argumento sería tan cruel como la naturaleza de los acontecimientos que se suceden.

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La película aprovecha las limitaciones de ser rodada en formato Súper-16, característico de estudiantes y películas caseras, para mostrarse llena de ruido y suciedad, con la cámara siempre pegada a la nuca o al rostro honesto de los personajes, consiguiendo transmitir, sin obstáculos de por medio, la tremenda carga dramática que arrastra cada uno de ellos; los fogosos arrebatos de violencia que los poseen; y el reguero de sangre y sentimientos que derraman por el camino.

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La cinta de Arévalo establece su tono en el thriller, aunque posee algo de drama social latente en su subtexto, con un enfoque cercano a la sociedad a pie de calle. Debió ser tentador enmarcar la historia en la Andalucía profunda de La Isla Mínima (2014), de su compañero Alberto Rodríguez, pero el de Móstoles prefirió tirar de sus raíces para colocar su historia en lo más céntrico de la meseta. La ambientación del film está repleta de elementos y escenarios enriquecedores, y se palpa en cada paso que da Antonio de la Torre hacia el típico bar de toda la vida, en los barrios y su fauna, en las fiestas del pueblo, en el gimnasio o el hostal de carretera; pero también en las consecuencias de la crisis, en la dificultad por llevar un negocio adelante, en el retrato sencillo de la familia o en el fracaso constante de la justicia.

Casi todo funciona formidablemente bien en la película de Arévalo. Además de la ambientación antes comentada y la narrativa, seca y tortuosa, hay que destacar sus personajes, un buen ejemplo de que la aparente sencillez y la pureza exhibida frente a la pantalla siempre esconden un enorme trabajo detrás, tanto de guionistas como de actores: Antonio de la Torre, arrebatador en su postura de hombre hendido, cruel por necesidad, decidido y sin nada que perder; Luis Callejo, fenomenal en la contención de su personaje ante las escenas más escabrosas y en su sutil desarrollo dramático a lo largo de la peli; Ruth Díaz, que es capaz de dar un recital de matices interpretativos dignos del reconocimiento de Venecia; y Manolo Solo, con una aparición estelar como “El Triana” llena de talento y recursos personales con empaque. Todos ellos se merecen una mención especial al mérito.

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Pero sobre todo, funciona la catarsis. Mostrar a un hombre destrozado por el dolor y cercenado por el paso maligno del tiempo, abandonado a la culminación de la más fría de las venganzas, y conseguir que el espectador se remueva en su asiento, lleno de contradicción y emociones primitivas, mientras asiste a las consecuencias de que se haga demasiado Tarde para la Ira. Brutal.

No Respires: Demonios ciegos.

No Respires: Demonios ciegos.

Ni el silencio, ni la oscuridad, ni ninguna bestia animal. No hay nada más terrorífico que un hombre consciente de la no existencia de Dios. Fede Álvarez cambia los demonios sanguinolentos de Evil Dead (2013) por aquellos que habitan nuestras casas acomodados bajo la cama; tras los espejos; y al fondo de los armarios, aullando hambrientos a la soledad que alimenta su poder y acechando a todo aquel que desconozca su presencia.

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Soy de aquellos que piensan que Evil Dead (1981), la original de Sam Raimi, es una película de culto en tanto en cuanto consigue crear algo sobrenatural con un presupuesto ínfimo e infinita imaginación. Por eso, y pese a que el remake de Fede Álvarez fue gratamente acogido como su correcta carta de presentación, necesitaba de una prueba de fuego que confirmase por completo las expectativas que el uruguayo había despertado en el panorama cinematográfico actual. Su nuevo trabajo confirma el interés y hace que supere la prueba con creces, convirtiéndose de facto en uno de esos directores jóvenes y llenos de talento cuyos próximos estrenos hay que apuntar sí o sí.

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En No Respires (2016) no hay habitación del pánico que valga. Como una imagen contrapuesta de la genial cinta de David Fincher (2007), la película también relata la invasión de una casa ajena, aunque esta vez desde el punto de vista de los asaltantes, tres jóvenes (Dylan Minnette, Jane Levy y Daniel Zovatto) cuya respuesta al desencanto social en el que se ven atrapados explota violentamente en asaltos a diversos hogares, con la esperanza de reunir lo suficiente como para escapar de la monotonía y la escasez. Los problemas de los chicos que protagonizan la cinta comienzan cuando deciden llevar a cabo un golpe que podría abrirles definitivamente la puerta hacia un nuevo futuro alejado de la decadencia que los arropa: robar a un solitario veterano de guerra, viejo y ciego, que fue indemnizado con 300.000 $ por el atropello fatal de su hija. Como en la mayoría de casos del género, inspirados en la vida misma, no todo sale como se esperaba. El robo se convierte en un tortuoso viaje cuyo final se bifurca hacia la supervivencia o la peor de las muertes. Un trayecto cargado de puro horror y una intriga fatal para los nervios del espectador.

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Daniel Zovatto, Jane Levy y Dylan Minnette

Hay que valorar el hecho de afrontar una película de estas características desde una constante ambigüedad moral, ofreciendo al espectador la suficiente información como para empatizar tanto con las supuestas víctimas como con las historias personales de los asaltantes, aunque luego se juegue con ello de manera traviesa y algo perversa.

El primer plano que captura Álvarez, en virtuoso travelling aéreo, corresponde a la decadente ciudad de Detroit, abandonada de oportunidades y sepultada en vida por las deudas. El picado que realiza la cámara continúa hasta descubrir el horror que recorrerá, en un futuro próximo, sus fantasmales calles. No solo entramos rápido en contexto, también la semilla de la intriga, el germen que desatará posteriormente el terror, está plantada en el espectador a través de una excelente prolepsis. Así, desde el inicio, descubrimos que el relato del uruguayo va a destacar por su economía narrativa y la escasez de diálogo, aunque no por ello su guion deba considerarse simple, puesto que la narración, puramente visual, cargada de estilo y técnicas como la que abren el film, deja paso a toda clase de sorpresas, algo intrincadas, pero correctamente tejidas y rematadas.

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Si la maravillosa It Follows (2014) obligaba al espectador a observar con detenimiento el espacio visual que encerraba la cámara de David Robert Mitchell, aquí ocurre algo parecido con el sonido. Y es que en los espeluznantes silencios que se producen en No Respires, hay terror del bueno, ese que surge de la tensión narrativa bien administrada y que se focaliza en una figura invencible, sobrecogedora y aterradora. Stephen Lang da vida a un hombre que quedó ciego sirviendo a su país, con un pasado roto en mil pedazos por la pérdida y un presente trastornado por el dolor que dejó la misma. Un hombre que guarda insaciables demonios bajo la cama, tras el espejo y al fondo de su armario. Un hombre tan consciente de la no existencia de Dios como de tu agitada respiración en la más densa oscuridad de cualquier rincón de su casa.

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