Vengadores: Infinity War – La épica infinita

Vengadores: Infinity War – La épica infinita

No hay acto más heroico que el luchar hasta el final en defensa del bien, pese a que el destino, en forma de derrota, se advierta inevitable. Porque luchar hasta el final es lo correcto, y la responsabilidad del héroe no atiende a imposibles; porque en una guerra infinita, los héroes se remarcan como aquellos que no cesan de anteponerse a la tiranía en defensa de los ideales en los que han fundamentado su condición y sus actuaciones. El conflicto surge cuando un villano se cree héroe en la búsqueda infatigable de su destino, aunque su objetivo sea el de un dios perverso e inmisericorde: traer el equilibrio al universo aniquilando por completo a la mitad de su población con el simple chasquido de sus dedos.

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Vengadores: Infinity war (2018) es la película más ambiciosa del universo cinematográfico (MCU) que inició Marvel hace ya 10 años (Iron Man, 2008) y que contiene, actualmente, 19 películas del género de superhéroes. En ella se produce uno de los “crossovers” más impresionantes que nos haya dado la ficción audiovisual contemporánea, aunando, en una sola cinta, a todos los héroes de su cada vez más infinito universo para combatir al villano supremo: Thanos, un titán invencible que busca restaurar el equilibrio de un universo con recursos cada vez más escasos mediante el genocidio aleatorio más brutal imaginable. Para lograr su objetivo, Thanos necesita reunir las 6 gemas del infinito, seis gemas que convierten a su portador en un ser omnipotente y con control absoluto sobre todo el universo.

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Se trata de la cinta de Marvel que mejor se adapta a la naturaleza episódica de la narrativa que ha dominado siempre su universo, reuniendo a un sinfín de personajes —que no necesitan presentación— con una claridad narrativa pasmosa gracias a un montaje que permite realizar piruetas secuenciales entre tramas y subtramas sin perder en ningún momento el hilo del argumento; aunque claro está, esta virtud solo será apreciada por aquellos espectadores que hayan disfrutado del resto de entregas anteriores. Tras haber roto el récord absoluto del mejor estreno de la historia (630 millones en su primer fin de semana), estos espectadores no parecen ser pocos.

La película integra de manera excepcional el drama a su inusual condición de ópera trágica, en la que todo acto heroico, encadenado por secuencias de acción a cada cual más impresionante, conduce al fracaso más lacerante. El tema de Alan Silvestri, que acompaña al primer plano final de la película, es la guinda de uno de los momentos cumbres de todo el MCU, momento que, pese a durar un solo minuto, propaga la resonancia de lo acontecido anteriormente en un desenlace para el recuerdo durante todo lo que duran los títulos de crédito de la cinta, títulos que casi todos compartimos, angustiados y en un silencio cortante, con un puñado de desconocidos en el cine. Quizás no sea una película, por su condición episódica comentada anteriormente, para el gusto de todos, pero qué gusto. Si esto ha sido épico, no podemos prever lo que tendrán preparado los hermanos Anthony y Joe Russo para la catarsis que supondrá Los Vengadores 4 (aún sin título oficial), cuyo estreno está previsto para 2019.

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TOMB RAIDER

TOMB RAIDER

No es la primera vez que Tomb Raider, el famoso videojuego protagonizado por la arqueóloga Lara Croft, ha sido adaptado al cine. El personaje, cuyas herramientas de trabajo favoritas son las armas de fuego semiautomáticas y el arco y la flecha, fue llevado a la gran pantalla en 2001 e interpretado por Angelina Jolie. Tras alguna secuela (Tomb Raider 2: La Cuna de la Vida, 2003), la saga cinematográfica ha decidido dar un giro al personaje y relanzar la historia a través de un nuevo origen de la heroína, esta vez interpretada por Alicia Vikander.

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La nueva Tomb Raider (2018) entiende muy bien el principal problema de una generación a la que le cuesta conciliar el legado de sus antecesores con la construcción de una identidad propia. Conformar a raíz de esta cuestión el origen de la heroína ha resultado todo un acierto, y la cinta se independiza rápidamente de las anteriores entregas de la saga para presentarnos a un personaje que sufre una deconstrucción evidente y acorde al contexto sociocultural actual. La nueva Lara Croft es una joven veinteañera que aún busca su lugar en el mundo. Empeñada en labrarse un futuro por su cuenta, ha renegado de manera testaruda a la herencia que le pertenece tras la desaparición de su padre, como si aceptarla confirmase en última instancia la pérdida definitiva e irreversible de su progenitor.

Curiosamente, su narrativa queda impregnada de esta idea de conflicto entre las raíces y la búsqueda de una identidad propia, y el intento de referenciar el espíritu aventurero de antaño —en ocasiones parece un remake bienintencionado de La Última Cruzada, 1989— se queda solo en eso. El director, Roar Uthaug, confiere a la cinta de un tono aventurero que, en contadas ocasiones, resulta digno de los clásicos del género de antaño, pero, desgraciadamente, el guion hace aguas por todos lados y los diálogos son infames, lo que convierte a la cinta en el enésimo blockbuster que subestima la inteligencia del espectador medio.

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El poco imaginativo planteamiento de las escenas de acción, el tratamiento superficial que reciben la mayoría de personajes y la simplicidad del argumento, algo trillado en cuanto a profanación de tumbas se refiere, desmejoran la valoración global de la película. Solo algún tramo en que la cinta se reduce a pura lucha por la supervivencia deja entrever otra historia, más emocionante, en la que Alicia Vikander podría demostrar toda su valía interpretativa desplegando su espectacular potencial físico. Lo habrán guardado para la secuela.

ANIQUILACIÓN

ANIQUILACIÓN

El ser humano tiende inevitablemente a la autodestrucción. A veces surge como un impulso del subconsciente que nos incita a dinamitar nuestra percepción de nosotros mismos o las relaciones con los demás sin que prácticamente lo advirtamos; otras, sin embargo, se convierte en pura determinación que nos lleva a sabotear toda una vida en busca de un propósito que probablemente no exista. Lejos de convertirse en un error genético irremediable, la autodestrucción es una de las cualidades que mejor define nuestra naturaleza humana. Es a través de ella como alcanzamos la redención y el proceso al que nos sometemos para sobrevivir cuando todo lo demás comienza a carecer de sentido. Del caos surge la creación, de los errores, la evolución, y la destrucción de una parte de quienes somos —o éramos— nos transforma en alguien completamente nuevo.

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Aniquilación (2018), estrenada en cines en Norteamérica el pasado Febrero, llega directamente a los salones del resto del mundo a través de Netflix, donde actualmente podemos disfrutar de su visionado. Su director, el británico Alex Garland, deslumbró con su debut tras las cámaras con la brillante Ex Machina (2015), una cinta que devolvía la esperanza a los entusiastas de la ciencia ficción inteligente y atrevida, esa en la que priman las preguntas sobre las respuestas y la reflexión sobre la distracción.

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La película narra la misión de cinco científicas en una zona acordonada por el gobierno estadounidense en la que se han producido extraños fenómenos debido al impacto de un meteorito. Todo aquel que ha entrado en la zona, denominada en la cinta como “El Resplandor”, no ha vuelto con vida, exceptuando al marido de Lena (Natalie Portman), una de las integrantes del grupo y protagonista de la historia. Destaca que el grupo de personajes principales esté conformado íntegramente por mujeres (Jennifer Jason Leigh, Gina Rodriguez, Tessa Thompson y Tuva Novotny), pero más aún la naturalidad con la que la narración se adapta a este hecho de manera natural y coherente.

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Alex Garland instaura un ritmo lento al comienzo de la cinta, aunque progresivamente se irá acelerando conforme nos adentremos en “El Resplandor” y la historia se aproxime a su desenlace. Esto permite estirar la tensión de un relato que mezcla conceptos de ciencia ficción dura con elementos propios del cine de terror, aunando referencias clave de ambos géneros (Stalker, 1979; La Cosa, 1982, o la más reciente Under The Skin, 2015). La refracción o reverberación, elemento clave en la película, no solo se refleja en los cambios tonales de la narración, sino que impregna sus imágenes con contrastes de paisajes vitalistas y pesadillescos; intercala el preciosismo  naturalista con su vertiente más gore y grotesca; se adueña del sonido a través de una banda sonora tan inquietante como atrayente; y distorsiona la línea que separa la autodestrucción de la aniquilación en un clímax que plantea cuestiones existenciales que nos acompañarán más allá de los psicodélicos títulos de crédito.

Rey Arturo: Apartar la mirada.

Rey Arturo: Apartar la mirada.

La mayoría de la gente aparta la mirada. Simplemente resulta fácil ignorar el rastro de injusticia que la tiranía va dejando a nuestro alrededor mientras no nos salpique directamente a nosotros. Agachar la cabeza y aceptar el yugo de la opresión mientras no nos ahogue. Pero en ocasiones, hay quien se atreve a sostener la mirada en un acto de rebeldía que desafía toda continuidad de poder en tiempos aciagos. Y la mirada del héroe, cuando se posa en el vil con la determinación del que ansía cambiar las cosas, pesa más que cualquier espada legendaria.

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La filmografía de Guy Ritchie destaca por una continuidad estilística digna de elogio. Tanto Snatch, Cerdos y Diamantes (2000) como Operación U.N.C.L.E. (2015) o su nueva película: Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur (2017) mantienen intactos los elementos que hacen de sus trabajos auténtico cine de autor rápidamente reconocible, y esto, tratándose Rey Arturo de un blockbuster veraniego de altísimo presupuesto, es siempre de agradecer.

La cinta narra, a través de un fantástico prólogo, como el ansia de poder corrompe a Vortigern (Jude Law), quien sacrifica sus lazos humanos para usurpar el trono de su hermano y convertirse en rey. Arturo (Charlie Hunnam) escapa y acaba siendo criado en un prostíbulo de los bajos fondos del reino. Pero los sacrificios por el poder tienen un precio, y para mantener el equilibrio entre el bien y el mal, la espada Excalibur se revelará como símbolo digno del único rey legítimo.

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Ritchie redefine los mitos artúricos adaptando los mismos a su estilo y al contexto socio-cultural actual. Así, la galantería propia de caballeros medievales se trunca para dar paso a la rebeldía y chulería de un puñado de hombres buenos que no consienten someterse al despotismo imperante en el reino; y la estructura audiovisual se pliega a la rapidez de un montaje sobre-excitado, a la fuerza de las imágenes oníricas y místicas que sustentan el monomito de Arturo y al abuso de la composición digital de cinemáticas que parecen sacadas del más moderno videojuego, rememorando el aspecto y la intención de otra aventura épica del género: Beowulf (2007), de Robert Zemeckis.

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El poderío innegable de Guy Ritchie a la hora de narrar la historia despunta a la hora de afrontar el desafío formal que supone la unificación de los dos mundos que construye: el terrenal y el mágico; y es en la unión de estos dos mundos donde el director siembra su mensaje: la ruptura del villano con su humanidad para alcanzar el poder a través de lo sobrenatural conlleva a un periodo de tiranía, y este, al surgimiento del héroe como respuesta natural ante el crecimiento del mal, un héroe que aprieta los puños alrededor de una espada mágica que le recuerda que no debemos apartar nunca la mirada.

Atómica.

Atómica.

Berlín, 1989. Las raíces que aún sostienen el muro se congelan al mismo ritmo que la Guerra Fría da sus últimos coletazos. Espías que quién sabe a qué guardan lealtad deambulan por las calles como ratas intentando escapar de un barco que se hunde. No hay ley. Solo un espíritu de sálvese quien pueda sostiene el entramado de endebles alianzas sobre el que se sustenta este ecosistema de artífices de la seducción, el engaño y el asesinato. Hasta que llega Atómica.

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Póster de Atómica (2017)

Atómica, dirigida por David Leitch (John Wick, 2014), narra la historia de Lorraine Broughton (Charlize Theron), una agente encubierta del MI6 enviada a Berlín con la misión de recuperar información perdida de vital importancia. Allí, entablará relación con David Percival (James McAvoy), excéntrico contacto de la agencia en la zona y ejemplo vivo de que el muro no es lo único a punto de caer, pues el mundo del espionaje se tambalea conforme la confianza y las relaciones establecidas durante tiempo atrás se resquebrajan y finiquitan con la rapidez y la sordidez de un disparo en la nuca.

La cinta, que intenta beneficiarse del espíritu de las novelas de John le Carré, ofrece una entretenida historia  de espionaje que apuesta por el enaltecimiento de la forma sobre el fondo. Así, en cada plano se establecen divertidos juegos de simetrías, luces y sombras, reflejando el enmarañado sistema de dobles —o incluso triples— caras que plantean sus personajes. La ambientación, sustentada en la adoración por una estética hortera bañada en luces de neón, consigue rememorar esa etapa final de los 80 donde la degradación de lo retro instauraba un estilo único e irrepetible, pero su relevancia se diluye en la complejidad impostada de un guion olvidable.

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Charlize Theron como Lorraine Broughton en Atómica (2017)

El espectacular apartado técnico que luce la película —quizás demasiado obsesionado con el goce audiovisual del espectador— encuentra su razón de ser en las increíbles escenas de acción que dirige David Leitch, caracterizadas por un excelente planteamiento espacial que consigue sacar el máximo partido a una violencia estilizada y coreografiada hasta el extremo, alcanzando su clímax en un plano secuencia que, pese a valer por sí mismo todo el visionado de la película, está estirado hasta la extenuación (la de nosotros y la de la pobre Charlize).

Leitch, que estrenará Deadpool 2 en 2018, demuestra ser un esteta talentoso, pero aún surgen dudas en cuanto a sus capacidades como narrador. Al menos la película nos ofrece la oportunidad de confirmar lo que veníamos sospechando desde la aparición de Imperator Furiosa en el cine (Mad Max: Fury Road, 2015): Charlize Theron no tiene absolutamente nada que envidiar a ningún protagonista de acción masculino, pues aniquila y seduce con la misma facilidad que su compañero de profesión, 007. Esperemos que en el MI6 se hayan percatado de ello.

La Cura del Bienestar

La Cura del Bienestar

La más hiriente enfermedad del hombre moderno radica en su inútil y desesperada necesidad de una cura, aun cuando no necesita ninguna —o al menos no una cura física— para aliviar el desencanto de la vida y rellenar los huecos que parecen hervir con el estrés del trabajo, la ambición desmedida y la soledad creciente.

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Gore Verbinski, afamado director Hollywoodense, nos regala una magnífica cura a todos los amantes del género de terror que adolecíamos de títulos de grandes dimensiones con los que deleitarnos en una buena sala de cine. Fríos rascacielos de oficinas presentan los títulos de una película en la que acompañaremos a un joven y odioso ejecutivo en su misión de encontrar y traer de vuelta a uno de los peces gordos de su empresa, el cual parece haber perdido el juicio en un excepcional balneario de los Alpes suizos.

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El cuidadísimo aspecto visual de La Cura del Bienestar no es fruto del azar. Verbinski utiliza el encuadre de manera excepcional a través de un formato arriesgado pero acertado (1.66:1) que rememora el panorámico europeo de antaño (ha sido rodada en Alemania, cuna del género de terror) para mostrar mucho más de lo que a simple vista somos capaces de captar: la distorsión de la realidad fruto de la paranoia; la delgada línea que separa y une lo bello de lo turbio; el metafórico e inevitable trayecto hacia un túnel colmado de oscuridad, el impulso sexual que guía y ciega a los hombres…todos los elementos que construyen esta gótica catedral pueden llegar a condensarse en únicos y preciosos planos, como aquél en el que vemos como un tren acerca a nuestro protagonista a su horripilante destino.

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La lluvia de referencias comienza pronto y no parece tener fin: la narrativa gótica de Bram Stoker y Edgar Allan Poe; la concisión visual de Kubrick; o la paranoia incesante de Polanski; ayudan al director estadounidense a edificar una obra que, pese a confluir en su acuífero tal cantidad de afluentes referenciales, se levanta por sí misma como una personal y majestuosa pesadilla donde todo busca resucitar el clasicismo de un género abocado al efectismo contemporáneo de sustos vacíos, tanto de contenido como de interés.

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Un atípico tirabuzón mortal en el que la tensión y la locura se estiran durante dos horas y media, hasta desembocar en un tramo final en el que su verdadera condición de cuento de terror clásico toma forma consciente y se apodera del film, de sus ideas y de su aspecto formal. La locura que habita en Shutter Island (2010) se entremezcla con el fantástico tenebroso de La Cumbre Escarlata (2015), por citar dos referentes cercanos, para ofrecer una malsana ópera que se atreve a ser delirante hasta su irónico plano final.

Moonlight

Moonlight

Una vez vista Moonlight, mantengo aún más firmemente la teoría que elaboré en la crítica de Manchester frente al mar sobre que los fantasmas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida no son capaces de seguirnos en el mar. A la brisa y a la espuma de las olas, ya de por sí elementos letales para estos espectros, debemos añadir ahora un arma temible para ellos, una sutil luz de luna, visible solo a una cierta y avanzada edad, que baña a los niños de azul y de inocencia mientras juegan a adivinar el futuro en la orilla de la playa.

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Barry Jenkins, que dirige y escribe Moonlight, consigue que esta se pose frente a nosotros cargada de sinceridad, amor y vida en una escena inicial donde todo gira con la velocidad endiablada de un torbellino mientras los elementos que van a caracterizar la obra se van posando suavemente cada uno en su sitio. El barrio, donde la droga fluye como un veneno que todo lo perturba sin compasión; su gente, lobos con piel de cordero y corderos con piel de lobo; y el tiempo, de pantalones anchos y miras estrechas. Con una textura limpia, pero difuminada en sus extremos, y una paleta de colores que recoge todo el espectro de la luz de luna, se nos muestra Miami, un chico afroamericano y el paso de los 80 a los 90.

La vida de Chiron se condensa en tres capítulos que contienen momentos sobre su niñez, su adolescencia y su madurez. Tres actores diferentes, todos en estado de gracia, se dejan la piel en mostrar a un chico enfrentándose a los golpes de la vida, disfrutando de los fugaces momentos de paz y felicidad que se le conceden y cuestionándose continuamente el reflejo que le devuelve cada mañana la rutina del espejo en el que nos miramos.

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La extraordinaria narración que consigue realizar Jenkins se palpa en el fluir de la película, sereno, pausado y lleno de melancolía, emulando la sensación de flotar en el mar sobre una pequeña ola que se eleva y se deshace entre el pasado y el futuro. En el tercer acto, alejados del regusto áspero del drama y envueltos ya en sus consecuencias, es cuando la película nos golpea con la cuestión que ha ido dilucidando imperceptiblemente durante el resto del metraje: ¿Quiénes somos?

La identidad, todo aquello que nos conforma y que nos define, no se puede ocultar ni negar, y aunque descubrirla y explorarla puede llegar a hacernos muchísimo daño, debemos tener claro que poco debería importarnos el ruido de fuera, como cuando flotamos en medio del mar y solo se oye un murmullo lejano. Solo nosotros somos dueño de nuestra verdad, esperando inconsciente el milagro de compartirla con alguien que la merezca.

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