Si pones el corazón en lo que haces, pasan cosas.

Damien Chazalle nos mostró en Whiplash (2014) la cara más tenebrosa de su discurso sobre el éxito y la culminación de la genialidad —basado en el sacrificio y la entrega totales— y, en definitiva, del tortuoso camino que se nos presenta hasta conseguir cumplir nuestros sueños. Llegó a establecer una relación escabrosa y abusiva a partir de la cual el protagonista conseguía dar ese plus prácticamente inalcanzable para el resto de mortales, que ni siquiera suelen llegar a plantearse el camino de ida hacia lo, a priori, imposible. Luego nos regaló “ese” final y el resto ya es historia.

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La La Land o La Ciudad de las Estrellas (ambos títulos me encantan) supone una revisión de ese mismo discurso estructurado en tres niveles narrativos superpuestos que engloban, cada uno de ellos, al anterior. El primero de todos, que funciona como motor esencial de la trama, es el amor. Ese amor romántico, musical y verdadero que a todos nos atrapa alguna vez en la vida. Por encima de este, se encuentra la música, esencialmente en forma de jazz, marcando el tiempo y el tono de la película, dándole pausa y a la vez ritmo al afloramiento de sentimientos y estableciendo la base metafórica de lo que es el tercer nivel de la obra: el cine. El jazz y el cine se miran aquí a los ojos y se dicen que se quieren, pero que para vivir no basta con lo ya vivido, aunando lo clásico con lo contemporáneo —y a la vez el fondo con la forma— de manera magistral.

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Este entresijo argumental, latente en la dicotomía tonal que adquiere la película —siempre en constante vaivén entre el positivismo y la melancolía— define el buen hacer de la cinta a la hora de reflejar ese ligero equilibrio vital entre lo sustancial y el detalle, desde las románticas casualidades hasta los desgarradores desengaños del destino, entremezclando con la más mágica ficción esos pequeños momentos que conforman la inverosímil historia de nuestras vidas. Ese mismo realismo mágico y embriagador que hace que el foco se centre en dos personas que se enamoran a través de un excepcional uso de la luz y el color, creando unos momentos musicales para el recuerdo.

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Chazelle deja claro esta vez que el éxito no es incompatible con el amor, es más, nos demuestra que el afán por cumplir los sueños siempre acaba alimentándose del mismo y que hay personas capaces de llevarnos a lugares inalcanzables por nosotros mismos a través del cariño, el respeto y la admiración mutua e inocente. Cuando dos personas conectan de la manera en que aquí lo hacen Seb (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone) cada uno de ellos acaba dejando en el otro un poso eterno que nunca podremos determinar en qué grado acaba definiéndoles como quienes finalmente acaban siendo. “Te querré siempre” es una afirmación categórica solo una vez en la vida, aunque en el momento de decirlo nunca lo sabemos.

Esas 7 primeras notas de piano que abren Mia & Sebastian´s Theme (gracias por la composición, Justin Hurwitz) me llevarán siempre al final de esta hermosa y perfecta película, en la que me quedaría a vivir si pudiese, al igual que sirven a nuestros protagonistas para volver a ese preciso instante en el que se conocieron para ya nunca olvidarse. Una mirada entre dos, acompañada de una sonrisa cómplice, que parece hacernos olvidar que la vida sigue, por supuesto, al ritmo endiablado del jazz. Un dos, un dos tres cuatro. “The End”.

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