“Ayúdame a salvar a uno más” implora Desmond Doss desde lo más alto de un acantilado no muy diferente al que de pequeño solía escalar junto a su hermano. Le habla a Dios, pero no tiene tiempo para esperar una respuesta, pues ya ha divisado a otro compañero herido entre las rocas y el humo. Con las manos aún temblorosas por el esfuerzo y el miedo, se levanta de nuevo. La voluntad que lo mueve permanece férrea. Su convicción es infinita e imbatible.

Mel Gibson resurge del olvido al que lo había sometido el tiempo para dirigir su nuevo y esperado film, Hasta el Último Hombre (2016), una historia real —por imposible que pueda parecer— sobre un hombre y su extraordinaria participación en la 2ª Guerra Mundial, pero también el vehículo de un mensaje evidente, cuestionable y poderosísimo sobre la religión —en sus más fervientes formas—, la tenacidad de los ideales que esta misma conlleva, y el empuje de la fe.

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Gibson utiliza la primera mitad de la cinta para presentar y definir a los personajes. Un breve y significante hecho en la infancia de Desmond  (Andrew Garfield respira convicción) da paso a su adolescencia, en la que se enamora de Dorothy (virginal Teresa Palmer) y decide alistarse para servir a su país. La fase de instrucción del siempre radiante joven se convierte en una lucha empecinada contra todos —compañeros y superiores— por su inamovible objeción de conciencia: no piensa tocar un arma, pues su desempeño en el ejército consistirá en salvar vidas, no en arrebatarlas.

Una vez sentadas las bases de la tesis espiritual que prepara Gibson, la segunda parte de la cinta procede a su realización. El infierno que se desata en Okinawa durante prácticamente todo lo que resta de metraje puede calificarse como una de las mejores escenas bélicas del siglo XXI. No solo por el uso maestro de la narración que exhibe su director, también por el desenfreno de la acción, generosa en sangre, fuego y balas; nunca confusa ni irrelevante; y potenciada siempre por una multiplicidad de recursos técnicos que van desde un extraordinario uso de la cámara lenta hasta la más envolvente y alucinante edición de sonido.

La catarata de imágenes, todas ellas colocadas con sensatez para servir al apasionado mensaje de su director, se sustentan en el contraste continuo entre la violencia y la calma para equilibrar un film en el que todo parece cuadrar a la perfección; desde los momentos de humor protagonizados por el sargento Howell (Vince Vaughn) hasta los puntuales sustos provocados por el abstracto ejército imperial japonés. Un milagro —tanto por el desarrollo de los hechos como por la resurrección de quien los filma— que no parece real, pero que definitivamente lo es.

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