Rogue One: No hay rebelión sin esperanza.

Rogue One: No hay rebelión sin esperanza.

La esperanza tiende puentes y abre caminos, aporta luz y demanda valentía. Lo cierto es que no hay rebelión sin esperanza. En los momentos más aciagos, cuando la oscuridad parece estar a punto de engullirlo todo, aparece. Brota de lo profundo de nuestro pecho para proyectarse como una luz capaz de definir la conclusión de nuestra historia; ayudándonos a que la enfrentemos —independientemente del resultado final— sin incertidumbre ni temor. Actuamos porque realmente creemos que podemos lograrlo. Y a veces lo logramos.

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Rogue One: Una historia de Star Wars (2016), como ya ocurriese con The Force Awakens el año pasado, funciona como puente —en Disney aún no se atreven a cruzar del todo las fronteras marcadas por George Lucas— entre lo clásico y lo novedoso. Trasladar al imaginario cinéfilo contemporáneo los entresijos narrativos que han hecho de Star Wars una de las sagas cinematográficas de mayor calado histórico no se presuponía tarea sencilla, más aun cuando se intenta contentar a los fans más veteranos y al mismo tiempo enganchar a nuevas generaciones, pero parece estar costando algo más de la cuenta.

En esta ocasión, Gareth Edwards es el responsable de que la bifurcación que sufre el canon marca de la casa —sobre todo en lo tonal y en lo formal— sea lo suficientemente acusada como para dejarnos disfrutar de algo claramente atípico. Las líneas que servían de introducción a Star Wars: Una Nueva Esperanza (1977) se dilatan para narrar con mayor profundidad cómo un puñado de rebeldes consiguieron robar los planos de La Estrella de la Muerte para dar sentido a una rebelión que comenzaba a parecer inútil. La ópera espacial se entremezcla con el belicismo realista. La fotografía de Greig Fraser, sobria y refinada, se adapta a esta nueva mezcla, así como la banda sonora de Michael Giacchino, que lejos de imitar burdamente al maestro Williams, intenta dejar su sello en cada una de las piezas que compone, aunque eso sí, con irregulares resultados.

El grupo de rebeldes responsables de tal heroica hazaña está capitaneado por la insurrecta y valerosa Jyn Erso (Felicity Jones), hija de Galen Erso (Mads Mikkelsen) un científico vital en la construcción de la poderosísima arma imperial; Cassian Andor (Diego Luna), un espía rebelde capaz de sacrificarlo todo por la causa; Chirrut Îmwe (Donnie Yen) y Baze Malbus (Wen Yiang), dos compañeros inseparables devotos de la fuerza; Bodhi Rook (Riz Ahmed), un piloto imperial desertor; y K-2SO (Alan Tudyk), un robot imperial reconfigurado con ciertos efectos secundarios que lo convierten en el mayor alivio cómico de la cinta. Es una pena que tal grupo de personajes, a priori interesantísimos, solo funcionen correctamente cuando actúan como un todo a través de la camaradería, que sí está bien conseguida, pero sin embargo se hundan en cierta trivialidad cuando se les observa desde la individualidad. Todos ellos comparten un arco algo irregular, que flaquea en los dos primeros actos de la película y que adquiere su cénit a través de la redención en el tercero y último de ellos.

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Es en este tercer acto donde se libra la mayor de las batallas y donde Edwards despliega todo su talento para narrar lo épico del momento a través de la acción portentosa y cuidadosamente fragmentada, consiguiendo con la suma de todas sus partes —el montaje de momentos escalonadamente dramáticos para conseguir el objetivo es digno de elogio— un colofón espectacular. Las emociones se desparraman a la par que los disparos, las explosiones y las persecuciones se suceden a un ritmo vertiginoso, tanto en tierra firme como en el espacio exterior. Lástima que tal despliegue de energía se concentre en el punto y final de la cinta, sobre todo por lo que respecta a la falta de carisma de ciertos personajes que, hasta el momento, habían necesitado del discurso sobre-expositivo para ser relevantes y despertar emociones.

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Haciendo hincapié en sus defectos, no debemos olvidar que la película sufrió regrabaciones de hasta el 40% de su metraje, algo que podría haber devenido en catástrofe y que, salvo en ocasiones muy concretas, parece no apreciarse demasiado. Quizás el “pero” más importante, obviando el desarrollo emocional de personajes y el desequilibrio de ritmo entre las tres partes de la película, corresponde a la recreación completamente digital de dos personajes míticos de la saga, cuya aparición se podría haber enfocado de otra manera menos polémica sin mayores problemas.

Del otro lado, concretamente del oscuro, Edwards consigue rescatar y aprovechar al máximo a uno de los personajes más emblemáticos de la saga —quizá el que más— y uno de los mejores villanos del cine: Darth Vader. Y lo hace a través de dos escenas de contrastes muy acusados. En la primera de ellas, Vader aparece sin el traje, flotando en un líquido blanco que, presupongo, le ayudaba en su recuperación. En la segunda, su sable de luz ilumina de rojo un pasillo en el que se respira puro terror. Quizás los puristas se escandalicen, pero yo necesitaba ver en acción al Sith más temido de la galaxia.

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En definitiva, Rogue One sirve para dar un paso más allá en el desarrollo de este universo desde un enfoque inexplorado y novedoso, alejándose de la mitología Jedi y abriendo la puerta a toda una serie de “spin offs” que Disney tiene preparados. Desde mi generación, la intermedia entre las dos trilogías de Star Wars, esta nueva oleada de films está siendo acogida con un entusiasmo y un amor vehementes, gracias a que sus personajes y las situaciones que los definen sirven rápidamente de refuerzo empático con nosotros mismos. Yo lo tengo claro, voy a atravesar el puente con los ojos cerrados, con la esperanza de encontrar el camino correcto al otro lado, mientras rezo: “I’m one with the Force, and the Force is with me”.

Hacksaw Ridge: La resurrección de Mel Gibson

Hacksaw Ridge: La resurrección de Mel Gibson

“Ayúdame a salvar a uno más” implora Desmond Doss desde lo más alto de un acantilado no muy diferente al que de pequeño solía escalar junto a su hermano. Le habla a Dios, pero no tiene tiempo para esperar una respuesta, pues ya ha divisado a otro compañero herido entre las rocas y el humo. Con las manos aún temblorosas por el esfuerzo y el miedo, se levanta de nuevo. La voluntad que lo mueve permanece férrea. Su convicción es infinita e imbatible.

Mel Gibson resurge del olvido al que lo había sometido el tiempo para dirigir su nuevo y esperado film, Hasta el Último Hombre (2016), una historia real —por imposible que pueda parecer— sobre un hombre y su extraordinaria participación en la 2ª Guerra Mundial, pero también el vehículo de un mensaje evidente, cuestionable y poderosísimo sobre la religión —en sus más fervientes formas—, la tenacidad de los ideales que esta misma conlleva, y el empuje de la fe.

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Gibson utiliza la primera mitad de la cinta para presentar y definir a los personajes. Un breve y significante hecho en la infancia de Desmond  (Andrew Garfield respira convicción) da paso a su adolescencia, en la que se enamora de Dorothy (virginal Teresa Palmer) y decide alistarse para servir a su país. La fase de instrucción del siempre radiante joven se convierte en una lucha empecinada contra todos —compañeros y superiores— por su inamovible objeción de conciencia: no piensa tocar un arma, pues su desempeño en el ejército consistirá en salvar vidas, no en arrebatarlas.

Una vez sentadas las bases de la tesis espiritual que prepara Gibson, la segunda parte de la cinta procede a su realización. El infierno que se desata en Okinawa durante prácticamente todo lo que resta de metraje puede calificarse como una de las mejores escenas bélicas del siglo XXI. No solo por el uso maestro de la narración que exhibe su director, también por el desenfreno de la acción, generosa en sangre, fuego y balas; nunca confusa ni irrelevante; y potenciada siempre por una multiplicidad de recursos técnicos que van desde un extraordinario uso de la cámara lenta hasta la más envolvente y alucinante edición de sonido.

La catarata de imágenes, todas ellas colocadas con sensatez para servir al apasionado mensaje de su director, se sustentan en el contraste continuo entre la violencia y la calma para equilibrar un film en el que todo parece cuadrar a la perfección; desde los momentos de humor protagonizados por el sargento Howell (Vince Vaughn) hasta los puntuales sustos provocados por el abstracto ejército imperial japonés. Un milagro —tanto por el desarrollo de los hechos como por la resurrección de quien los filma— que no parece real, pero que definitivamente lo es.

Animales Nocturnos: El poder de la ficción.

Animales Nocturnos: El poder de la ficción.

¿Hasta qué punto es capaz de afectarnos la ficción? Cuando esta se transforma en almacén de recuerdos; en mensaje envenenado; en síntesis y conclusión de una idea o, por qué no, en el extracto rabioso y pasional de toda una vida, lo que queda de ella o lo que pudo llegar a ser, es capaz de cambiarlo todo.

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Animales Nocturnos (2016) es la segunda película del estadounidense Tom Ford, exdirector creativo de Gucci e Yves Saint Laurent, y ahora director de cine. Como en su anterior trabajo, Un Hombre Soltero (2009), Ford adapta la historia de una novela, Tres Noches (1993) de Austin Wright, para crear una película que nos habla, precisamente, sobre la creación como herramienta definitoria del creador.

En Animales Nocturnos conviven tres películas. La primera de ellas nos habla de cómo Susan (Amy Adams) se bebe las noches ensimismada en la lectura de la novela que le ha enviado su exmarido Edward (Jake Gyllenhaal). En la segunda, nos adentramos en esa misma novela para conocer los trágicos hechos en los que se ve envuelto Tony (también Jake Gyllenhaal) al sufrir un violento ataque que involucrará a su familia. La última de ellas, enmarcada en el pasado de Susan y Edward, nos relata ciertas escenas clarificadoras de lo que luego vemos en las dos anteriores.

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Estas tres líneas narrativas se complementan a la perfección en pulsos de tremendo poderío, gracias sobre todo al montaje de la película, una perfecta y armoniosa demostración de cómo deben ofrecerse las piezas al espectador para que él mismo se atreva a formar el puzle cuando se narra un thriller de tan denso y metafórico contenido. Por si fuera poco, la excelsa fotografía de la película, de tonos cambiantes entre lo cálido y lo frío según nos situemos en una línea narrativa o en otra, se ve acompañada por la emocionante partitura de Abel Korzeniowski, cuyo tema principal, que abre y cierra el film, nos acompañará, como algunas de sus más punzantes imágenes, más allá de su visionado.

Sin duda, una de las películas del año, por cómo su poso es capaz de afectarnos aún pasados unos días desde su visionado, y por las impresionantes interpretaciones que nos regalan sus protagonistas y secundarios, destacando a un Michael Shannon en auténtico estado de gracia. No se pierdan la oportunidad de adentrarse en esta ficción y en su corrosivo lenguaje, una obra con un fuerte carácter autoral que homenajea el poder de la creatividad y su efecto en el que la ejerce y la recibe.