“Olvidemos la guerra por un día” dice Marianne (Marion Cotillard), justo después de que un bombardero alemán se estrelle en el patio trasero de su casa. Olvidémonos de todo menos de nosotros, parece querer decir, en un grito desesperado camuflado por la imperturbabilidad de su bello y frío rostro. El gesto de conformidad de Max (Brad Pitt) deja entrever que, al otro lado del espejo, todo en su interior es caos, pues la única certeza que conocía ha desaparecido, raptada por la duda de que su mujer, su aliada vital, sea en realidad una espía enemiga.

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Robert Zemeckis intenta algo prácticamente imposible en Aliados (2016): viajar en el tiempo para trasladarnos al thriller clásico de espías en sus mejores años, los de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca (1942), ciudad que engloba la primera mitad de la cinta. Allí surgirá la alianza romántica y pasional entre Max y Marianne, fingiendo ser marido y mujer para atentar contra un alto cargo alemán sin levantar sospechas. La manera en que Zemeckis aborda el clímax de esta entrega mutua y temeraria, con la cámara trazando círculos alrededor de un coche engullido por una tormenta de arena mientras la pasión se desata en su interior, crea un momento poderoso y bello que, por instantes, alcanza las cotas de romanticismo de antaño.

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No será el único momento con tales características —perseguidas durante todo el film aunque alcanzadas solo de manera puntual— lo que demuestra que el director estadounidense mantiene el virtuosismo visual y narrativo tradicional, combinándolo de manera brillante con un despliegue formal abandonado al preciosismo digital de nuestro tiempo: Los terribles bombardeos en momentos clave de la trama; la precisa coreografía de las escenas de acción más violentas; o el recurrido juego de espejos para ilustrar el desbarajuste de identidades. Todo denota un profundo respeto por el clasicismo cinematográfico sin dejar de permitir a Zemeckis experimentar con la evolución plástica de su obra.

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El contexto elegido, la segunda guerra mundial, engalana una bella y triste historia de amor que profundiza en aquello que funciona como verdadero sostén de las relaciones: la más pura de las verdades. La búsqueda de Max, ansioso por demostrar que esa verdad existe, posee buen ritmo y tensión, a pesar de alejarse del impacto y la sorpresa, demostrando que cuando el guion está bien construido —aunque peca de impostura en el diálogo—, todo fluye con naturalidad, hasta desembocar en un precioso y agónico final que, de nuevo, parece traer la nostalgia y la melancolía de un cine ya pasado para disfrute del espectador romántico.

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