Un Monstruo Viene a Verme.

Un Monstruo Viene a Verme.

Antes de hablar sobre esta película quería establecer mi opinión sobre el contexto en el que se encuentra su director, Juan Antonio Bayona, sobrepasado en todo momento por el incesante bombardeo de promoción que ha realizado Mediaset, que ha incluso superado la campaña realizada para publicitar su anterior trabajo: Lo Imposible (2012). El caso es que otra persona ha conseguido explicar la situación mejor de lo que yo lo hubiera hecho jamás, así que os invito a leer esta entrada de @marcelocriminal para su blog, donde se habla sobre la “autorificaciónque ha sufrido Bayona a través de una entretenida clase de cine.

Una vez establecida mi opinión sobre Bayona y todo el contexto social que lo rodea, comenzamos con la crítica:

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El cáncer es uno de los errores más graves de la vida. Cuando se presenta, es capaz de arrebatarnos todo aquello que nos define como personas, zarandeándonos en la penumbra de la incertidumbre y el miedo, dejando en nuestras manos lo único que nos queda cuando nos desarman por completo: la verdad.

Como un arma de doble filo, la verdad puede acabar por completo con nosotros o ser nuestra única esperanza. La nueva película de Juan Antonio Bayona, Un Monstruo viene a verme (2016), intenta hablarnos sobre esa verdad, la misma que persigue al joven Connor (Lewis MacDougall) desde que su madre (Felicity Jones) adolece de cáncer.

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Bayona muestra, con ritmo preciso y quizás demasiado despego, cómo la verdad de Connor le perturba puntualmente el sueño cada noche; le persigue hasta la escuela, donde soporta terribles abusos y una cobarde indiferencia; y le sigue acompañando en la frialdad de un hogar que se apaga poco a poco, donde la única evasión posible es la que ofrece un folio en blanco al servicio de la imaginación, mejor refugio que los brazos de un padre ausente (Toby Kebbell) y los de una abuela distante (Sigourney Weaver).

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Es entonces, en medio de esa constante y calmada tempestad, cuando un Monstruo (Liam Neeson) viene a verle. Resulta disonante que las apariciones fantásticas del mismo traigan de la mano los mejores momentos de cine del director catalán, creando situaciones totalmente libres de trampas narrativas y trucos dramáticos. A cada visita del Monstruo le acompaña una historia rodada con una portentosa animación de preciosistas acuarelas, que pretenden ayudar a Connor a liberarse de la verdad que lo oprime desde dentro.

Una vez establecida la narrativa principal del relato, la trama entra en una repetición constante de situaciones que parecen buscar la deconstrucción emotiva del espectador ante el inevitable y de sobras anunciado final. Del dolor que acompaña a la injusta y progresiva pérdida de una madre surge una rabia desmedida que Connor canaliza destrozando el salón de su abuela, pero no hay catarsis posible en ese momento, ni en los que el niño habla con su padre sobre lo que pudo ser y no fue.

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La catarsis estaba reservada para la cuarta historia, aquella que Connor debe contarle al Monstruo y que desvelará su más temida pesadilla, la verdad que lo acompaña, lo aflige y lo consume. Y es en ese mismo instante de revelación cuando de la rabia surge un nuevo sentimiento y el film entero se estremece con el poder balsámico que llega a contener la escena. Lástima que todo se desvanezca con la cascada de lágrimas que prosigue, aderezada en su justa medida con los tristes acordes de la música de Fernando Velázquez, mientras la verdad se esfuma junto a la victoria de la enfermedad que la trajo.

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Quiero cerrar el texto con una aclaración personal: aunque la película me emocionó en determinados momentos (está muy bien construida para ello) no derramé una lágrima por ella. [SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ] No llorar con una película de la que especialmente se destaca su poder emotivo tiene que denotar un problema grave de fondo, sobre todo cuando el que escribe tiene una facilidad terrible para derramar lágrimas con el séptimo arte. ¿Quiere decir esto que Un Monstruo viene a verme es una película mala? De ningún modo, pero en todo momento se aprecian sus mecanismos, sus intenciones. Creo que principal problema surge del guion de Patrick Ness, esclavo de la novela, que tiene muy claro el proceso por el que quiere hacer pasar al espectador, estableciendo ciertas trampas narrativas, con un claro in crescendo que acaba concentrando el “punch” emocional en el clímax, pero se olvida de crear por el camino verdaderos lazos entre los personajes que argumenten y soporten el calado emocional que se busca y que, por otro lado, conocemos desde el principio cuál será su causa: la muerte (Es más, nos predisponemos a ello desde el momento en que conocemos el argumento).

Si Bayona hubiese sido valiente, si hubiese querido ser el autor que proclaman sus defensores, hubiese encontrado la manera de mostrar la verdad que esconde Connor desde el principio, sin trampas ni efectos, sin desgastados tópicos que facilitan el trabajo pero sugieren cierta flojera creativa (algo que no pasa cuando el relato se centra en su parte fantástica). Habría sido entonces, cuando la película se hubiese erigido como su mejor obra, posando el enfoque del relato en la lastimosa culpa de un niño que tiene que hacerse hombre a la fuerza y que, hastiado por el dolor y la pérdida, quiere que todo termine cuanto antes, pero no quiere que su madre se vaya.

Profundizar en la idea principal que sostiene el film, la de la culpa, muchísimo más interesante y novedosa, en lugar de ocultarla malintencionadamente para forzar reacciones en el espectador, habría significado, en definitiva, mostrar sin reparos la verdad, por apabullante que esta sea, algo mucho más importante que presumir de repartir clínex antes de entrar a la sala donde la película se proyecta.

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El hombre de las mil caras

El hombre de las mil caras

A veces se hace necesario dar dos pasos hacia atrás para observar con claridad el presente. Alberto Rodríguez está haciendo más por la culturización de la juventud en la historia reciente de España que cualquier ministerio de educación que se preste. Aunque, como todo buen narrador de historias, se deje llevar por la irresistible tentación de ficcionar determinados hechos para transformar, mediante el lenguaje audiovisual, la clase de historia en un cautivador thriller que atraiga a la mayor cantidad de público posible.

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En El Hombre de las Mil Caras, basada en el libro homónimo de Manuel Cerdán, se narra la increíble historia real que Francisco Paesa (Eduard Fernández) protagonizó en los años 90, engañando a todo el estado a través del inverosímil caso de corrupción que llevó a Luis Roldán (Carlos Santos) a huir de España y convertirse en el prófugo más buscado de la historia de nuestra democracia. Desde el principio se nos advierte: “Esta es la historia de un mentiroso”, y es que nadie, ni el propio Rodríguez, podrá llegar a definir con precisión a Paesa como persona, quizás sí como personaje, vistiendo una de sus múltiples e impenetrables máscaras, esas que tanto le gusta usar, como buen espía, para ocultar sus más profundos secretos y ambiciones, disfrazando así la abstracta realidad de su enigmática y magnética figura.

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El estilo narrativo que adopta Rodríguez, algo apartado de lo visto anteriormente en Grupo 7 (2012) y La Isla Mínima (2014), se aferra a ciertos elementos expositivos para condensar una historia inabarcable en sus múltiples e intrincados senderos, utilizando al personaje de José Coronado para añadir una voz en off que, en ocasiones, hace un vago favor a la frescura de la película; todo lo contrario a lo que sucede con la ingeniosa inclusión de imágenes reales de los informativos de la época, que aportan solidez y credibilidad a un relato rico en enredos y falsas apariencias. A todo aquél que haya visto la serie Narcos (2015) le sonará mucho todo lo que digo.

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Con todo ello, la película posee un subtexto lo suficientemente rico como para recordar a todos aquellos lectores del ya extinto Diario 16, que seguimos viviendo en una realidad calcada a la de hace dos décadas, marcada todavía por el horror que causó ETA y la brutal respuesta de los GAL; por los estrafalarios y sonrojantes casos de corrupción política, tan bien documentados por los medios de comunicación y tan mal llevados por los sistemas de justicia; y por la actuación de unos desconocidos espías españoles que, aunque fuesen más de chequera, también llevaban pistola. Una realidad que seguimos siendo incapaces de cambiar. Será por eso de que en España, los que viven son españoles.

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