Ni el silencio, ni la oscuridad, ni ninguna bestia animal. No hay nada más terrorífico que un hombre consciente de la no existencia de Dios. Fede Álvarez cambia los demonios sanguinolentos de Evil Dead (2013) por aquellos que habitan nuestras casas acomodados bajo la cama; tras los espejos; y al fondo de los armarios, aullando hambrientos a la soledad que alimenta su poder y acechando a todo aquel que desconozca su presencia.

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Soy de aquellos que piensan que Evil Dead (1981), la original de Sam Raimi, es una película de culto en tanto en cuanto consigue crear algo sobrenatural con un presupuesto ínfimo e infinita imaginación. Por eso, y pese a que el remake de Fede Álvarez fue gratamente acogido como su correcta carta de presentación, necesitaba de una prueba de fuego que confirmase por completo las expectativas que el uruguayo había despertado en el panorama cinematográfico actual. Su nuevo trabajo confirma el interés y hace que supere la prueba con creces, convirtiéndose de facto en uno de esos directores jóvenes y llenos de talento cuyos próximos estrenos hay que apuntar sí o sí.

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En No Respires (2016) no hay habitación del pánico que valga. Como una imagen contrapuesta de la genial cinta de David Fincher (2007), la película también relata la invasión de una casa ajena, aunque esta vez desde el punto de vista de los asaltantes, tres jóvenes (Dylan Minnette, Jane Levy y Daniel Zovatto) cuya respuesta al desencanto social en el que se ven atrapados explota violentamente en asaltos a diversos hogares, con la esperanza de reunir lo suficiente como para escapar de la monotonía y la escasez. Los problemas de los chicos que protagonizan la cinta comienzan cuando deciden llevar a cabo un golpe que podría abrirles definitivamente la puerta hacia un nuevo futuro alejado de la decadencia que los arropa: robar a un solitario veterano de guerra, viejo y ciego, que fue indemnizado con 300.000 $ por el atropello fatal de su hija. Como en la mayoría de casos del género, inspirados en la vida misma, no todo sale como se esperaba. El robo se convierte en un tortuoso viaje cuyo final se bifurca hacia la supervivencia o la peor de las muertes. Un trayecto cargado de puro horror y una intriga fatal para los nervios del espectador.

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Daniel Zovatto, Jane Levy y Dylan Minnette

Hay que valorar el hecho de afrontar una película de estas características desde una constante ambigüedad moral, ofreciendo al espectador la suficiente información como para empatizar tanto con las supuestas víctimas como con las historias personales de los asaltantes, aunque luego se juegue con ello de manera traviesa y algo perversa.

El primer plano que captura Álvarez, en virtuoso travelling aéreo, corresponde a la decadente ciudad de Detroit, abandonada de oportunidades y sepultada en vida por las deudas. El picado que realiza la cámara continúa hasta descubrir el horror que recorrerá, en un futuro próximo, sus fantasmales calles. No solo entramos rápido en contexto, también la semilla de la intriga, el germen que desatará posteriormente el terror, está plantada en el espectador a través de una excelente prolepsis. Así, desde el inicio, descubrimos que el relato del uruguayo va a destacar por su economía narrativa y la escasez de diálogo, aunque no por ello su guion deba considerarse simple, puesto que la narración, puramente visual, cargada de estilo y técnicas como la que abren el film, deja paso a toda clase de sorpresas, algo intrincadas, pero correctamente tejidas y rematadas.

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Si la maravillosa It Follows (2014) obligaba al espectador a observar con detenimiento el espacio visual que encerraba la cámara de David Robert Mitchell, aquí ocurre algo parecido con el sonido. Y es que en los espeluznantes silencios que se producen en No Respires, hay terror del bueno, ese que surge de la tensión narrativa bien administrada y que se focaliza en una figura invencible, sobrecogedora y aterradora. Stephen Lang da vida a un hombre que quedó ciego sirviendo a su país, con un pasado roto en mil pedazos por la pérdida y un presente trastornado por el dolor que dejó la misma. Un hombre que guarda insaciables demonios bajo la cama, tras el espejo y al fondo de su armario. Un hombre tan consciente de la no existencia de Dios como de tu agitada respiración en la más densa oscuridad de cualquier rincón de su casa.

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