Jason Bourne lo recuerda todo, pero sigue necesitando respuestas. Catorce años atrás, este agente especial de la CIA fruto del programa Treadstone, se movía por las ciudades más exóticas del panorama mundial empujado por la necesidad de desentrañar los secretos que le apartaban de su propia identidad, a pesar de que al otro lado de las sombras le esperase el reflejo de un asesino frente al espejo. Hace tiempo que el sicario programado por el gobierno para actuar de manera impecable en su cometido de eliminar posibles amenazas hacia su país quedó atrás, oculto en el anonimato. Pero aún quedan algunas preguntas por resolver: ¿Qué le movió para convertirse en un arma letal? ¿Por qué lo eligieron a él?…

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Es difícil encontrar una saga de tan amplio recorrido (2002-2016) que, con 5 títulos a sus espaldas, continue ofreciendo entretenimiento con casi la misma frescura que el primer día, aunque para ello, Greengrass haya tenido que sacrificar ciertos elementos que convertían los guiones de sus películas en intrigantes puzles en favor de una simplicidad más sobria y adecuada a la demanda de espectacularidad que actualmente se produce en las salas. Más acción y menos diálogo, más persecución literal y menos psicológica, más respuestas y menos preguntas.

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Tras el parón que supuso El Legado de Bourne (2012), Greengrass y Matt Damon vuelven a la carga con Jason Bourne, que sin abandonar el estilo natural de la saga, se convierte en la más elemental de la misma. Paul Greengrass toma los elementos más primarios de El Caso Bourne (2002) de Doug Liman y continua explorando los entresijos de la mente del espía norteamericano a la par que pone en entredicho ciertos métodos de defensa de su país, basados en la usurpación de la identidad del individuo en favor de la protección del colectivo.

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El estilo de Greengrass, reconocible en el tembloroso encuadre que construye para sus personajes; en la vitalidad de todas y cada una de las “set pieces” de la cinta; y en el estudio que realiza sobre la manipulación y la vulnerabilidad de la identidad tomando hechos reales como referencias (Snowden en este caso, por ejemplo), puede llegar a apreciarse en cierto modo desgastado, resultando demasiado familiar en ocasiones (sobre todo en el primer acto de la película), como si tuviésemos la sensación de que ya hemos visto esto demasiadas veces antes, concretamente en El Mito de Bourne (2004) y El Ultimatum de Bourne (2007). La solución, algo arriesgada por la posibilidad de resultar extenuante, deviene en un aumento del ritmo y una férrea regularidad del mismo a lo largo de todo el desarrollo de la historia, hasta que en el clímax final todo se desata como un tormenta desbocada.

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Por aquí ha pasado Jason Bourne

Lo cierto es que es imposible concebir a Jason Bourne sin Matt Damon, puro carisma andante cuya mirada sigue mostrando tormento a pesar de que su personaje haya recuperado la memoria por completo, o quizá son estos recuerdos los que provocan precisamente esa vaguedad emocional, esa incapacidad, intrínseca a estas alturas, de confiar en nadie y abandonar la soledad, más aún cuando esta vez se trata un conflicto mucho más personal. Este desamparo se ve reflejado en el enfoque emocional que realiza Greengrass, más alejado del habitual y con menos momentos de empatía con el protagonista, aunque esta todavía resiste debido a la fuerte personalidad de Matt Damon y a ciertas escenas puntuales. Por ejemplo, [SPOILERS] su enfrentamiento con el agente interpretado por  Vincent Cassel, toda la persecución que lo precede, y como se introducen en un oscuro laberinto para enzarzarse en una pelea a muerte regada por la venganza personal, así como el alzamiento final de la silueta victoriosa pero apaleada de nuestro héroe, recortada por la luz que proviene del final del túnel, se convierte en una de las secuencias más efectivas a nivel metafórico y visual de toda la saga. [FIN DE SPOILERS]

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Del otro lado, los miembros de la CIA interpretados por Tommy Lee Jones (soberbio y mezquino) y Alicia Vikander (álgida y astuta) intentarán acorralar a Bourne, persiguiéndolo a través de las revolucionarias calles de Grecia (que en realidad son nuestras Islas Canarias), Berlín, Londres y Las Vegas, donde se producen espectaculares persecuciones que, además de resultar escandalosamente entretenidas, sirven también para identificar un ligero cambio en el estilo de la franquicia, apostando esta vez por una cierta deformación fastuosa del realismo al que nos tenían acostumbrados, aunque siga sin abandonar el desarrollo tecnológico actual y la evolución social acerca de los mismos como aprovechamiento narrativo para criticar medidas políticas coartantes e ilícitas de fondo.

Volviendo a Alicia Vikander, asistimos aquí a una de sus interpretaciones más altivas y frías hasta la fecha, comparable a la que realizó como Ava, la inteligencia artificial de Ex Machina (2015). Aquí, sus miradas esconden secretos imposibles de esclarecer, y sus movimientos, siempre prudentes pero inteligentes, demuestran que sus intenciones personales siempre se ven influidas por el ego y la ambición, dando lugar a un excepcional prólogo.

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En definitiva, Jason Bourne ha vuelto, y lo hace con una remodelación simplista de sus esquemas argumentales; un acabado visual agitado que armoniza en todo momento con el exigente ritmo que marca desde sus primeras secuencias; y un ligero acercamiento hacia el cine de acción más vistoso y práctico, para borrar temporalmente de nuestra memoria la palabra aburrimiento.

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