Peter y el Dragón: Mirar para ver.

Peter y el Dragón: Mirar para ver.

El ser humano es el único organismo conocido que realiza reflexiones sobre la lógica y a la vez abandona todo rastro de ella en sus acciones. Se olvida de que hay que mirar para poder ver. En demasiadas ocasiones nos abandonamos al egoísmo y a la indiferencia, pasando por alto nuestro inconmensurable y fascinante alrededor, incluyendo todo lo que en él habita. Somos ciegos hacia fuera; escépticos empecinados y compulsivos; y no nos basta con ver la llaga sangrar frente a nuestros ojos, necesitamos palparla con los dedos.

Tanto he tardado en mirar, hacia atrás en esta ocasión, que casi no rescato el recuerdo de un niño y su amigo, un dragón verde de alas rosadas. Hablo de Pedro y el Dragón Elliot (1977) el clásico de Disney que David Lowery ha recuperado en su Peter y el Dragón (2016), construyendo un “remake” que apuesta por la emoción sincera, el realismo visual más atronador y la parquedad estructural propia de las historias más sencillas del estudio.

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La historia que nos concierne tiene comienzo cuando Pete, huérfano repentino, se adentra en lo más profundo del bosque de Portland para conocer al que será su protector, amigo y única familia durante los 6 años siguientes: un enorme y peludo dragón verde de aspecto bonachón. Tras todo ese tiempo viviendo en el bosque, Pete tendrá un encontronazo con la mirada esmeralda e inocente de Grace (Bryce Dallas Howard), lo que supondrá su inmersión en la realidad de la civilización y la ruptura con lo que, hasta el momento, consideraba su mundo y su hogar.

Nadie quiere creer a Pete cuando dibuja a su amigo Elliot. “¿Es un amigo imaginario?” pregunta la joven Natalie (Oona Laurance). Tan solo Meacham (Robert Redford), el padre de Grace, reconoce en Elliot al dragón que protagoniza sus recurridas historias, convertidas en leyendas con el implacable paso del tiempo. Es justo ahí, sobre la delgada línea en la que convergen fantasía y realidad, donde aparece la magia, el salto de fe hacia la cálida credulidad del que por fin mira y ve.

Pese a todo, en la simplicidad ingenua de Peter y el Dragón es donde encuentro más problemas a la hora de lanzarme hacia el entusiasmo con el que seguro saldrán los más pequeños de la sala. En su total falta de complejidad emocional y tensión narrativa; en el vacío en el que se encuentran los supuestos villanos de la historia, y en la falta de valentía de una obra que se auto-concede continuamente la medalla de ser valiente, a pesar de sus intentos por reivindicar elementos tan loables como el amor por la familia o el respeto por la naturaleza. Todo lo contrario a lo que sí consiguió Brad Bird en 1999 con su obra maestra y claro referente: El Gigante de Hierro.

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El Escuadrón Suicida.

El Escuadrón Suicida.

El universo cinematográfico que está construyendo DC necesitaba de una pieza que aligerase de algún modo ese tono denso y oscuro que estaban adquiriendo las películas de sus héroes, y qué mejor manera de hacerlo que adaptando una de las historias del Escuadrón Suicida, un grupo de villanos (o mejor dicho, anti-héroes) obligados por el gobierno de los Estados Unidos a trabajar en misiones secretas de peligrosidad extraordinaria. A pesar de lo propicio de la propuesta, el resultado final ha sido un auténtico fracaso. Para comprender mejor los motivos de este fiasco, debemos conocer el contexto de pánico que ha rodeado en todo momento la producción de la película, y por tanto, la calamitosa sucesión de malas decisiones que han desembocado en lo malogrado de la misma.

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Gracias al reportaje publicado recientemente por The Hollywood Reporter, podemos dilucidar los motivos por los que Suicide Squad estaba prácticamente abocada al desastre:

  • La elección de David Ayer como director conllevaba una serie de inconvenientes, ya que, para empezar, esta iba a ser su primera superproducción y, además, este no se encontraba familiarizado con el género de superhéroes ni era fan especializado del mismo. Quizás, con el tiempo necesario, Ayer se hubiese preparado decentemente para afrontar el reto que le esperaba, pero por culpa de lo inamovible de la fecha de estreno de la película (acordada antes incluso de poseer guion alguno), y la cantidad de contratos publicitarios ya establecidos, tuvo que encargarse de la redacción del guion en tan solo 6 semanas y empezar a rodar desde ahí.
  • Tras el presunto fracaso que supuso Batman V Superman: Dawn of Justice, los estudios DC Entertainment y Warner Bros se vieron superados por el terror de un nuevo patinazo que liquidara de un plumazo toda esperanza puesta en su universo cinematográfico, por lo que comenzaron a rodar nuevo metraje a pesar de que ya se había dado por finalizado el rodaje de la película, incrementando cuantiosamente los costes de producción. Estas nuevas escenas debían tener un tono más divertido, desenfadado y colorista que el que en un principio había determinado su director.
  • El miedo, lejos de ir a menos, fue en aumento, de tal manera que llegaron a realizarse dos versiones de la misma película: una más oscura y sombría, bajo el enfoque que David Ayer había considerado oportuno imprimirle; y otra más vivaz y gamberra, más acorde a lo mostrado en los avances a cargo de Trailer Park. Se llegó a realizar una proyección de prueba o test de proyección para evaluar la reacción del público ante ambas versiones y resultó que la segunda versión obtuvo una mejor acogida, por lo que el resultado final de la obra de Ayer se vio adulterada con el fin de adquirir ese estilo más vivaz, ocasionando nuevos y abundantes gastos de postproducción.

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No me queda más remedio que deducir que los verdaderos villanos de Suicide Squad no llegan a aparecer en pantalla, pero sí que dejan su hedionda huella en prácticamente todas sus escenas. Me refiero, claro está, a esos villanos que moran los despachos de DC Entertainment y de la Warner Bros; a los que se dedican a violar la cohesión, la coherencia y el tono en oscuras salas de montaje; a los mismos que dan más importancia a una inamovible fecha de estreno que al correcto desarrollo del guion; y a aquellos que deciden hacer varias versiones de una obra que acaba huérfana de autor, o peor aún, con superávit de ellos.

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La versión final de la cinta, una amalgama de tonos que ni siquiera sabe lo que quiere ser, se puede dividir en tres actos fácilmente identificables: un primer acto repleto de escenas de presentación de personajes excesivamente largas y expositivas; un segundo acto, más acorde a la visión que tuviese el propio Ayer sobre su obra, que intenta ahondar de alguna manera en los personajes que conforman el grupo; y un tercer acto que desemboca en un nefasto clímax, reiterado hasta el infinito en el género y protagonizado por unos villanos huecos, triviales y estériles (Cara Delevigne deja mucho que desear interpretando a Enchanteresse, pero peor aún es lo de su “hermano”).

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La película, divertida solo a ratos, no posee alma ni rumbo, y eso se palpa en el irregular e irrelevante desarrollo de la historia; en el desastroso montaje visual y su nada acertado acompañamiento musical; y hasta en la caracterización de algunos actores, como es el caso de Joel Kinnaman (Rick Flag), cuyo peinado varía entre rapado y largo de una escena a otra, debido a las regrabaciones anteriormente comentadas. También cabe destacar la cantidad de metraje inédito que ha quedado finalmente fuera del film, como ha demandado el actor Jared Leto tras comprobar las escasas apariciones que finalmente posee su personaje, una versión macarra y mafiosa del Joker que queda muy lejos de la anterior interpretación del personaje ofrecida por Heath Ledger en The Dark Knight (2008).

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Se intuye, por otro lado, cierto esfuerzo poético por parte de algunos componentes de este Escuadrón Suicida, con el propio David Ayer a la cabeza intentando recrear sin éxito las aventuras de Snake Plissken en Escape from New York (1981), a la vez que realiza una revisión de su anterior película, Sabotage (2014); Margot Robbie (Harley Quinn) demostrando inútilmente que maneja facetas dramáticas y cómicas en un mismo personaje, a mi parecer, el más interesante y divertido de toda la película; Jai Courtney (Boomerang) dejando un muy agradecido toque de humor socarrón en cada una de sus apariciones, así como Jay Hernandez (Diablo) haciendo lo propio pero desde una vertiente mucho más dramática; y Will Smith (Deadshot) salvando, en cierto modo, el difuso arco evolutivo de todo el grupo. Poco más se puede arañar de una película dominada en todo momento por la cobardía de sus villanos, los que a la hora de la verdad, no se han atrevido a ser valientes.

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Jason Bourne: Memorias de un espía.

Jason Bourne: Memorias de un espía.

Jason Bourne lo recuerda todo, pero sigue necesitando respuestas. Catorce años atrás, este agente especial de la CIA fruto del programa Treadstone, se movía por las ciudades más exóticas del panorama mundial empujado por la necesidad de desentrañar los secretos que le apartaban de su propia identidad, a pesar de que al otro lado de las sombras le esperase el reflejo de un asesino frente al espejo. Hace tiempo que el sicario programado por el gobierno para actuar de manera impecable en su cometido de eliminar posibles amenazas hacia su país quedó atrás, oculto en el anonimato. Pero aún quedan algunas preguntas por resolver: ¿Qué le movió para convertirse en un arma letal? ¿Por qué lo eligieron a él?…

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Es difícil encontrar una saga de tan amplio recorrido (2002-2016) que, con 5 títulos a sus espaldas, continue ofreciendo entretenimiento con casi la misma frescura que el primer día, aunque para ello, Greengrass haya tenido que sacrificar ciertos elementos que convertían los guiones de sus películas en intrigantes puzles en favor de una simplicidad más sobria y adecuada a la demanda de espectacularidad que actualmente se produce en las salas. Más acción y menos diálogo, más persecución literal y menos psicológica, más respuestas y menos preguntas.

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Tras el parón que supuso El Legado de Bourne (2012), Greengrass y Matt Damon vuelven a la carga con Jason Bourne, que sin abandonar el estilo natural de la saga, se convierte en la más elemental de la misma. Paul Greengrass toma los elementos más primarios de El Caso Bourne (2002) de Doug Liman y continua explorando los entresijos de la mente del espía norteamericano a la par que pone en entredicho ciertos métodos de defensa de su país, basados en la usurpación de la identidad del individuo en favor de la protección del colectivo.

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El estilo de Greengrass, reconocible en el tembloroso encuadre que construye para sus personajes; en la vitalidad de todas y cada una de las “set pieces” de la cinta; y en el estudio que realiza sobre la manipulación y la vulnerabilidad de la identidad tomando hechos reales como referencias (Snowden en este caso, por ejemplo), puede llegar a apreciarse en cierto modo desgastado, resultando demasiado familiar en ocasiones (sobre todo en el primer acto de la película), como si tuviésemos la sensación de que ya hemos visto esto demasiadas veces antes, concretamente en El Mito de Bourne (2004) y El Ultimatum de Bourne (2007). La solución, algo arriesgada por la posibilidad de resultar extenuante, deviene en un aumento del ritmo y una férrea regularidad del mismo a lo largo de todo el desarrollo de la historia, hasta que en el clímax final todo se desata como un tormenta desbocada.

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Por aquí ha pasado Jason Bourne

Lo cierto es que es imposible concebir a Jason Bourne sin Matt Damon, puro carisma andante cuya mirada sigue mostrando tormento a pesar de que su personaje haya recuperado la memoria por completo, o quizá son estos recuerdos los que provocan precisamente esa vaguedad emocional, esa incapacidad, intrínseca a estas alturas, de confiar en nadie y abandonar la soledad, más aún cuando esta vez se trata un conflicto mucho más personal. Este desamparo se ve reflejado en el enfoque emocional que realiza Greengrass, más alejado del habitual y con menos momentos de empatía con el protagonista, aunque esta todavía resiste debido a la fuerte personalidad de Matt Damon y a ciertas escenas puntuales. Por ejemplo, [SPOILERS] su enfrentamiento con el agente interpretado por  Vincent Cassel, toda la persecución que lo precede, y como se introducen en un oscuro laberinto para enzarzarse en una pelea a muerte regada por la venganza personal, así como el alzamiento final de la silueta victoriosa pero apaleada de nuestro héroe, recortada por la luz que proviene del final del túnel, se convierte en una de las secuencias más efectivas a nivel metafórico y visual de toda la saga. [FIN DE SPOILERS]

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Del otro lado, los miembros de la CIA interpretados por Tommy Lee Jones (soberbio y mezquino) y Alicia Vikander (álgida y astuta) intentarán acorralar a Bourne, persiguiéndolo a través de las revolucionarias calles de Grecia (que en realidad son nuestras Islas Canarias), Berlín, Londres y Las Vegas, donde se producen espectaculares persecuciones que, además de resultar escandalosamente entretenidas, sirven también para identificar un ligero cambio en el estilo de la franquicia, apostando esta vez por una cierta deformación fastuosa del realismo al que nos tenían acostumbrados, aunque siga sin abandonar el desarrollo tecnológico actual y la evolución social acerca de los mismos como aprovechamiento narrativo para criticar medidas políticas coartantes e ilícitas de fondo.

Volviendo a Alicia Vikander, asistimos aquí a una de sus interpretaciones más altivas y frías hasta la fecha, comparable a la que realizó como Ava, la inteligencia artificial de Ex Machina (2015). Aquí, sus miradas esconden secretos imposibles de esclarecer, y sus movimientos, siempre prudentes pero inteligentes, demuestran que sus intenciones personales siempre se ven influidas por el ego y la ambición, dando lugar a un excepcional prólogo.

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En definitiva, Jason Bourne ha vuelto, y lo hace con una remodelación simplista de sus esquemas argumentales; un acabado visual agitado que armoniza en todo momento con el exigente ritmo que marca desde sus primeras secuencias; y un ligero acercamiento hacia el cine de acción más vistoso y práctico, para borrar temporalmente de nuestra memoria la palabra aburrimiento.