“The Witch”: El terror viene del alma.

“The Witch”: El terror viene del alma.

En el Festival de Sundance, su director, Robert Eggers, ganó el premio a mejor dirección de manera merecidísima, lo que le sirvió como garantía para abrir la sección oficial del Festival de Sitges el año pasado. Las sensaciones que transmitió entonces fueron las de un clásico de terror instantáneo. Hablamos de “The Witch” (2015), una fantástica película que desciende de entre la oscuridad del cielo nocturno para embrujar a todos los amantes del género.

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Si hiciésemos una encuesta para sondear qué género cinematográfico ha envejecido peor, el género de terror sería una de las opciones más votadas, a pesar de que cada año aparece alguna joyita escondida entre la gran avalancha de cine comercial que sepulta a los adolescentes en su deseo de ir al cine para ver un par de sustos y disfrutar de un guion que mantenga sus exigencias al mínimo. Parece que el arte de la sugerencia como premisa de lo verdaderamente escalofriante y la belleza plástica y artística de lo tenebroso se hallan lapidadas bajo todo el inacabable subgénero del “found footage”, que tan rápido llegó y tan pronto se ha visto desgastado y vejado por quien no terminó de entender que “The Blair Witch Project” (1999) no necesitaba de ningún susto para convertirse en una obra importantísima dentro del género y en referente pop de lo que luego vendría a denominarse como terror viral hiperrealista (en realidad acabo de acuñar ese término ahora mismo).

Por eso es tan importante “The Witch”. Porque de muchas maneras diferentes rompe con todo lo que la precedía para reiniciar los valores, elementos y personajes de un género que necesita una inyección importante de talento más allá de lo que James Wan consiga hacer próximamente con su “The Conjuring 2: The Enfield Poltergeist” (2016). Porque alguien debía dar un paso al frente y vender su alma al diablo para traer de las tinieblas algo a lo que aferrarnos como amantes de lo fantástico. Y eso es exactamente lo que Robert Eggers ha hecho.

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“El terror no viene de Alemania, sino del alma” sentenciaba Edgar Allan Poe en sus “Cuentos de lo Grotesco y lo Arabesco” (1840), universalizando y personificando todo un género literario y cinematográfico de un plumazo certero. Quizás por eso Robert Eggers concibió “The Witch” como una introspección de los sueños más oscuros de su infancia, sin atender a referentes como Polanski y su “Rosemary´s Baby” (1968), aunque los paralelismos entre ambas películas vayan más allá del posicionamiento de la mujer en la familia y de la creación de atmósferas malsanas y terroríficas, ya que ambas nacieron de los abismos del alma. No tardaría la crítica en evocar a Tarkovski y su atmósfera de pesadilla, sin embargo Eggers destaca sobre todo a Bergman y a Kubrick como claves referenciales de la que es su primera película, reconociendo que bebe directamente de obras como “Cries and Whispers” (1972).

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Resulta difícil de creer que “The Witch” sea la ópera prima de alguien. Su sencillez es insultante, dando la sensación de que lo que vemos en pantalla es la síntesis final de un estilo ya depurado, cuidado y afianzado. No sorprende que Eggers, originario de Nueva Inglaterra, haya querido estudiar a fondo el imaginario social del siglo XVII desentrañando su lado más fanático y fantasmagórico, aludiendo a las pesadillas que lo persiguieron durante su niñez para rememorar a ese personaje cautivador que atemorizaba a los puritanos de la época, materializando todos sus miedos y prejuicios: la bruja.

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La primera aparición de la bruja, toda una declaración de intenciones, derriba cualquier concepción ingenua y afable que las fábulas actuales han desdibujado sobre la que en realidad es una de las figuras más tenebrosas y crueles del cuento clásico de terror, allanando el camino para iniciar la posterior génesis del personaje a través de la deconstrucción progresiva de la religión y la familia. En ella, se intuye el pecado como germen dañino del núcleo familiar, pero también influirán los miedos personales de cada miembro y la falta de confianza en ellos mismos y en su fe, que poco a poco se irá resquebrajando rindiéndose al triunfo absoluto del mal.

-Riesgo de Spoiler- Esto último queda perfectamente ejemplificado con todo lo que acontece alrededor del personaje de Harvey Scrimshaw, niño mayor de la familia. Las miradas lascivas que lanza hacia el escote de su propia hermana encajan a la perfección con su posterior encuentro con la bruja, encarnada en ese momento por Sarah Stephens (modelo de Victoria´s Secret) representando a la lujuria que lo condenará a su inevitable y escalofriante destino. -Fin del riesgo de Spoiler-

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Cómo todo ello se nos muestra a través de lienzos imborrables de estética atroz y atmósfera terrorífica me resulta escalofriante. El uso excepcional de la fotografía, inspirada en el maestro Kubrick y las pinturas que emanaban de “The Shining” (1980); el manejo claustrofóbico de la luz y el sonido; y las maravillosas interpretaciones de los actores, destacando a la joven Anya Taylor-Joy, concluyen en una perfección estructural que nunca se intuye como objetivo, sino como consecuencia natural de todo lo mencionado. La belleza de ese plano final, representando en armonía perfecta la intrusión de lo sobrenatural en lo mundano, hace  pensar en esta película como el hechizo perfecto para conjurar un nuevo resurgir del género fantástico, en cuyo libro Eggers ha dejado plasmada su firma para siempre.

“Captain America: Civil War”: Hacia los límites del infinito.

“Captain America: Civil War”: Hacia los límites del infinito.

El Universo en el que nos encontramos es infinito en el espacio pero finito en el tiempo. La luz aún sigue recorriendo la inabarcable oscuridad que impera en el espacio, ilusa de no encontrar nunca límites que la contengan. Al Universo que Marvel ha creado para expandir sus creaciones a nivel cinematográfico también le pasa algo parecido. O al menos “Captain America: Civil War” (2016) así lo insinúa, de la mano de sus directores, los hermanos Anthony y Joe Russo, ofreciendo una reconocible catarata de viñetas llenas de fuerza, color, y nuevos personajes emblemáticos.

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Equilibrar la que iba a ser el culmen de la trilogía del Capitán América (Chris Evans), sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de personajes que aquí aparecen, no era tarea sencilla. Los hermanos Russo consiguen señalar y pulir las diferencias morales que ya se atisbaban desde los inicios de la saga entre su dupla protagonista, dan momentos de especial cariño e importancia a los secundarios como Visión (Paul Bettany) o Black Widow (Scarlett Johansson) y, además, presentan con total contundencia a nuevos héroes como Black Panther (Chadwick Boseman) o el increíble (no hay un adjetivo que lo describa mejor) Spider-Man (Tom Holland). Realizar con todos ellos una escena de tal calibre, que pasará a la historia como una de las mejores batallas de superhéroes de todos los tiempos, ha sido un logro extraordinario en el que no falta ni un ingrediente: acción, humor, tensión y drama. Ventajas de dirigir siguiendo una receta.

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¿Pero por qué se pelean Los Vengadores? Todo héroe comparte una única característica común: lo son porque eligieron serlo. El aceptar o controlar sus habilidades especiales, aquello que los hace únicos, pudo venir antes o después de tomar la decisión de proteger al desvalido, pero en el momento en que eligieron, sin importar que en ese momento aún no vistiesen capa ni máscara, automáticamente se convirtieron en uno. El problema viene después, cuando una abrumadora avalancha de responsabilidad se cierne sobre el héroe, quien se arrodilla afligido sopesando si existe un sentido de la justicia totalmente correcto, cuántas vidas dependen de su acierto o su fracaso, si podrá afrontar con fuerza los embates del tiempo, o si por el contrario cejará en su empeño de ser el escudo que todo protege por miedo a verse reflejado en su enemigo.

No es fácil ser Iron-Man (Robert Downey Jr.) y perder a tus padres, no es fácil ser Visión y no saber cocinar para la chica que amas, no es fácil ser Spider-Man y tener que hacer los deberes, no es fácil ser War Machine (Don Cheadle) y librar la batalla número 139 de tu historial de combate como si fuese la primera aunque pueda ser la última. No es fácil ser un héroe como tampoco lo es ser un buen amigo. Y esta película va sobre eso.

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Y ahora vienen las pegas. Decía al comienzo del texto que nuestro Universo era infinito y, aunque Marvel actúe como si el suyo también lo fuera, debe ser consciente de que no es así. El rodar una película tras de otra, avanzando siempre hacia delante de manera parecida a como lo hace una ficha de dominó que empuja a la otra, puede tener sus ventajas, solo hay que comprobar con la pasmosa armonía que entran y salen personajes en escena, todos carismáticos, bien construidos, en continua evolución y con un peso cuidadosamente repartido, sin olvidar que esta es una película de Capitán América, que conocemos a Ant-Man desde hace poco y aún no sabemos de lo que es capaz y que van a relanzar al increíble (sí, otra vez) Spider-Man por tercera vez en el cine y hacía falta una presentación en condiciones. ¿Pero no venían ahora las pegas? Sí, voy con ellas.

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El ecosistema Marvel, que incluye tanto el Universo creado, como los personajes que lo habitan, parece abalanzarse impepinablemente hacia un futuro que nunca llega, es decir, hacia el infinito (guiño, guiño). Cada película de Los Vengadores quiere ser la mejor película de Los Vengadores sin llegar a serlo realmente y eso conduce a un agotamiento de la objetividad del espectador, que cualquier día de estos podría llegar a decir basta, para empezar a funcionar en serio y ponerse a dar tantos palos que ni las críticas a “Batman V Superman” parecerían duras. Porque podría haberlas, pero no las hay. Inexplicablemente, en “Civil War” aparece el que podría calificarse como peor villano de todo su Universo hasta el momento. Peor incluso que el de “Deadpool” si me apuras. Pero casi nadie parece reparar en ello porque, admitámoslo, ni siquiera era necesario para la fluidez y la consistencia de un argumento cuyo conflicto peca de sencillo y superficial, huye de todo conflicto político (o incluso religioso) y se sostiene simplemente porque sus personajes son la hostia y porque todo está en la receta desde el principio de los tiempos (el Big Bang del UCM) y salirse de ella da un miedo increíble. Es como todo ese rollo de la zona de confort: ¿Para qué salirse de los límites auto-impuestos si por ahora todo funciona según lo previsto? Pánico.

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Es absurdo, pero parece que los directores que trabajan para Marvel firmaron un acuerdo como el que tanto revuelo causa en la trama de la película de la que hablamos, supeditando su trabajo a un control externo que lo controle, lo regule y lo filtre. Están siendo cobardes. Intentan complacer a todo el mundo y no arriesgan ni un ápice en la toma de decisiones. No comprendo que se ataque a todas las películas de Marvel con el argumento de que son todas iguales porque ni siquiera pueden englobarse bajo el mismo género, pero tampoco entiendo cómo puede alabarse tanto la conformidad en esta victoria tan poco merecida de lo preestablecido. Marvel cada vez se parece más a Ultron, una máquina perfecta dispuesta a arrasar con todo lo que se cruce en su plan divino y perfecto; y menos a sus héroes, personas dispuestas a ir a contracorriente si con ello siguen siendo fieles a la decisión que tomaron cuando se convirtieron en lo que ahora son.

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