“Zoolander” se estrenó en 2001 como una comedia más. No tuvo mucho éxito en taquilla y la crítica cinematográfica se cebó con ella, tal y como suele hacer cada vez que se cruza con un producto de calidad presuntamente menor a la que habitualmente consumen. Yo vi “Zoolander” dos veces seguidas: “Relax don’t do it, When you want to go to it, Relax don’t do it, When you want to come”. Hipnotizado, empecé a sufrir la segunda fase de su fenómeno.

El tiempo convirtió la película en una comedia de culto, elevándola a una divertida y ácida sátira sobre el mundo de la moda, una inteligente oda a la estupidez. Parte de la crítica reculó entonces, no sé muy bien por qué, uniéndose a esta nueva ola de admiración hacia la obra de Ben Stiller. ¿Un irrefrenable impulso denominado moda, quizás? Sería una genial ironía. Ya consolidada como un clásico, la mirada azul de Derek Zoolander (el propio Ben Stiller) caló hondo en nuestros corazones, Hansel (Owen Wilson) comenzó a ser lo más, y Mugatu, antológico villano, acuñó a Will Ferrell como leyenda viva de la comedia.

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15 años después llega “Zoolander No. 2”, y el fenómeno está volviendo a repetirse. La crítica, desde su trono de superioridad intelectual y moral, está cayendo en el mismo error que ya cometió en el pasado, arremetiendo contra la obra por su aparente estupidez, evidenciando el postureo de muchos de los que recularon, que encuentran ahora la excusa perfecta para su rechazo en que la secuela no alcanza el excelente nivel de la original. El “veletismo” y la estrecha amplitud de miras de más de uno se hace cada vez más patente. Un tanto más para Ben Stiller, maestro en dejar en evidencia.

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Lo cierto es que 15 años después del fenómeno “Zoolander”, nuestro mundo sigue siendo igual de absurdo, solo que ahora la moda aboga aún más por el exceso en cada uno de sus elementos, parodiándose a sí misma sin importar las consecuencias. Todo a nuestro alrededor está saturado, y todos acabamos formando parte de esa vorágine sin sentido en la que andamos perdidos en busca de sentirnos vivos. “Zoolander No. 2” refleja todo esto a la perfección.

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Ben Stiller dirige con precisión y personalidad, manteniendo la frescura de la película original a base de buenos y continuos gags, provocando un estallido de excesos en forma y fondo que caricaturizan a la perfección toda la farándula que nos rodea. Incluso demuestra tener cierto talento a la hora de rodar las escenas de acción, algo que ya demostró en “Tropic Thunder” (2008), la que muchos consideran su obra maestra hasta el momento.

Nuestra “Pe” sigue siendo toda una belleza hispana, y conecta bien con el dúo que forman  Derek y Hansel, llegando a tener incluso más peso que una desaprovechada Kristen Wiig, pero lo cierto es que no es fácil destacar cuando por la pantalla comienzan a desfilar una celebridad tras otra a ritmo vertiginoso: Skyllrex, Katy Perry, John Malkovich, Naomi Campbell, Neil DeGrasse Tyson, STING, y un larguísimo etc.

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Llama la atención que parte de la ingente cantidad de cameos del mundo del espectáculo y la moda aparezcan por el film como atraídos hacia esa espiral de superficialidad de la que no pueden escapar, lo que hace que me pregunte: ¿Son del todo conscientes de dónde se meten? Me temo que hay casos en los que el famoso en cuestión desconoce su verdadera posición en toda esta broma, lo que convierte por momentos a “Zoolander No. 2” en una obra maestra. Especialmente destacable la aparición de Marc Jacobs, Tommy Hilfiger, Anna Wintour, Valentino y demás representantes de “lo fashion”, a los que Will Ferrell ridiculiza directamente en un tercer acto completamente surrealista, dejando patente la agudeza que sigue latiendo en cada subcapa de “Zoolander”. Debajo de toda esta diversión, sigue habiendo mucho que rascar, y supongo que como a su antecesora, el tiempo le concederá el reconocimiento que merece.

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Pero eh, que la estupidez no está hecha para todo el mundo. Debe ser por eso que dos chicas abandonaron la sala donde me encontraba a mitad de la película, aún espantadas por el cruento asesinato de su adorado Justin Bieber. Lo mío es una guerra perdida, y comprendo que haya gente que se niegue a pagar por ver totalmente ridiculizado el mundo superficial que les rodea. Otros rechazarán la exaltación de la estupidez por ser precisamente demasiado estúpida. Yo, personalmente, seguiré disfrutando de ella sin complejos.

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