Hay muchos tipos de líneas. No me refiero a las líneas de metro ni a las que se dibujan con polvo blanco sobre un lavabo, aunque éstas guarden una estrecha relación con la película de la que vamos a hablar a continuación. Me refiero a las líneas que se marca el propio ser humano. Líneas que nos delimitan, que nos definen, que nos encierran y nos liberan.

En “Sicario” (2015) la nueva película de Denis Villeneuve, nos metemos hasta el cuello en el mundo del narcotráfico, sobrevolamos El Paso, cruzamos la frontera natural que supone el río Bravo, y pisamos el horror en la tierra que es Ciudad de Juárez, estado de Chihuahua, México. Nuestro punto de vista será el de Kate Macer (Emily Blunt), una joven agente del FBI especializada en misiones de rescate de rehenes que es reclutada por Matt Graver (Josh Brolin) quien dirige un equipo de inter-agencias (DEA, CIA) cuyo objetivo último es el de golpear duro al narcotráfico, en concreto al cártel más importante y sanguinario de México. El grupo contará con el asesoramiento de Alejandro (Benicio del Toro) un hombre enigmático, turbio y temible.

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Como ya hiciese “Traffic” (2000), en la que también participó el propio del Toro, “Sicario” ofrece una visión horripilante, cruda y realista del narcotráfico, la guerra más absurda y letal de nuestro tiempo. Una guerra entre sistemas, donde la política y la economía, como en todas las guerras, tienen un peso importantísimo en una lucha sin final ni solución aparente, como el propio Matt le dirá a Kate en la película, no mientras un 20% de la población mundial siga drogándose.

Lo que diferencia a “Sicario” de otras crónicas sobre el narcotráfico no es el contenido, donde Villeneuve se sirve de un guión austero y preciso, es el continente: su puesta en escena, su fotografía, su ambientación, su banda sonora, la ambigüedad y desconcierto latentes, todo constituye un relato visual impecable, sobrio, cuyo ritmo funciona como un reloj, y que acaba pegando tu culo al asiento de tal manera que cuando salgas del cine aún notarás su peso en la espalda.

Como ya hiciese en “Prisoners” (2013) o anteriormente en “Incendies” (2010), Villeneuve se apoya en su innata capacidad de crear tensión para impulsar la narración de la trama. La escena inicial, que nace con un tema in crescendo de Jóhann Jóhannsson, puede ser uno de los inicios más demoledores del género, una declaración de intenciones sobre lo que vamos a sentir durante las 2 horas que dura la película: una tensión incipiente que crece y crece a la par que nuestro desconcierto, identificado a la perfección en una magnífica Emily Blunt, que consigue contener a su personaje ofreciendo una interpretación escandalosamente sobria.

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Curiosa e irónicamente, los puntos álgidos de esta tensión se dan en un atasco (¡menudo atasco!) a la salida de Juárez y en el silencio del desierto de Arizona, durante el anochecer. Si hace poco comenté que las puestas de sol existían para que Michael Mann las filmase, el director estadounidense tiene en Denis Villeneuve un heredero de garantías, gracias sobre todo al maestro de la cinematografía que lo acompaña, Roger Deakins, cuyo protagonismo narrativo compite a veces con los propios diálogos de la película, dibujando escenas verdaderamente memorables, ya sea mediante el uso de majestuosos planos aéreos o de íntimos acercamientos en primera persona.

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Y bueno, si al principio del texto comentaba que existen muchos tipos de líneas es porque “Sicario” cruza muchas de ellas. Cruza las líneas que separan el género del thriller con el de la acción, y también aquellas que definen y clasifican bandos y personajes. Cruza las líneas que separan lo estético de lo narrativo, el cine comercial del cine de autor y las que dividen lo visual de lo sonoro. Los personajes de “Sicario” también cruzan esas líneas. Todos. En otras películas las líneas se “cruzan” para justificar una acción de dudosa moralidad, sin embargo el personaje no deja de estar claramente definido. En “Sicario” los personajes están definidos por pequeños detalles que no consiguen ajustarlos ni encorsetarlos en ningún lado de la línea. Tengo que recalcar, que cuando cruzamos una línea, ésta automáticamente desaparece. Si mueves una línea de su sitio se borran los límites y todo se mezcla, no hay bandos, no hay niveles, no hay objetividad ni moral, y eso acerca mucho la ficción a la realidad, por lo que, por si no te había quedado claro hasta ahora, te estoy diciendo que “Sicario” es un peliculón de cojones, y que deberías ir a verla.

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¿Aún no te decides? Vale, pues deja que te hable por último de mi amigo Alejandro, el personaje de Benicio del Toro. Mi amigo Alejandro no habla mucho, pero cuando lo hace, puede salvarte la vida o acabar con ella. No es un hombre de palabras, sino de miradas, y con ellas te advierte de cuando debes dejar de apuntarle con un arma y cuando deberías haberlo hecho antes que él. Alejandro perdió a quien quería. Alejandro es capaz de enseñarte a Dios en la tierra y llevarte el infierno a la mesa mientras cenas. Alejandro es un lobo, y tú, no lo eres.

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Un comentario en “SICARIO: Cruzando líneas.

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