TOMB RAIDER

TOMB RAIDER

No es la primera vez que Tomb Raider, el famoso videojuego protagonizado por la arqueóloga Lara Croft, ha sido adaptado al cine. El personaje, cuyas herramientas de trabajo favoritas son las armas de fuego semiautomáticas y el arco y la flecha, fue llevado a la gran pantalla en 2001 e interpretado por Angelina Jolie. Tras alguna secuela (Tomb Raider 2: La Cuna de la Vida, 2003), la saga cinematográfica ha decidido dar un giro al personaje y relanzar la historia a través de un nuevo origen de la heroína, esta vez interpretada por Alicia Vikander.

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La nueva Tomb Raider (2018) entiende muy bien el principal problema de una generación a la que le cuesta conciliar el legado de sus antecesores con la construcción de una identidad propia. Conformar a raíz de esta cuestión el origen de la heroína ha resultado todo un acierto, y la cinta se independiza rápidamente de las anteriores entregas de la saga para presentarnos a un personaje que sufre una deconstrucción evidente y acorde al contexto sociocultural actual. La nueva Lara Croft es una joven veinteañera que aún busca su lugar en el mundo. Empeñada en labrarse un futuro por su cuenta, ha renegado de manera testaruda a la herencia que le pertenece tras la desaparición de su padre, como si aceptarla confirmase en última instancia la pérdida definitiva e irreversible de su progenitor.

Curiosamente, su narrativa queda impregnada de esta idea de conflicto entre las raíces y la búsqueda de una identidad propia, y el intento de referenciar el espíritu aventurero de antaño —en ocasiones parece un remake bienintencionado de La Última Cruzada, 1989— se queda solo en eso. El director, Roar Uthaug, confiere a la cinta de un tono aventurero que, en contadas ocasiones, resulta digno de los clásicos del género de antaño, pero, desgraciadamente, el guion hace aguas por todos lados y los diálogos son infames, lo que convierte a la cinta en el enésimo blockbuster que subestima la inteligencia del espectador medio.

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El poco imaginativo planteamiento de las escenas de acción, el tratamiento superficial que reciben la mayoría de personajes y la simplicidad del argumento, algo trillado en cuanto a profanación de tumbas se refiere, desmejoran la valoración global de la película. Solo algún tramo en que la cinta se reduce a pura lucha por la supervivencia deja entrever otra historia, más emocionante, en la que Alicia Vikander podría demostrar toda su valía interpretativa desplegando su espectacular potencial físico. Lo habrán guardado para la secuela.

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ANIQUILACIÓN

ANIQUILACIÓN

El ser humano tiende inevitablemente a la autodestrucción. A veces surge como un impulso del subconsciente que nos incita a dinamitar nuestra percepción de nosotros mismos o las relaciones con los demás sin que prácticamente lo advirtamos; otras, sin embargo, se convierte en pura determinación que nos lleva a sabotear toda una vida en busca de un propósito que probablemente no exista. Lejos de convertirse en un error genético irremediable, la autodestrucción es una de las cualidades que mejor define nuestra naturaleza humana. Es a través de ella como alcanzamos la redención y el proceso al que nos sometemos para sobrevivir cuando todo lo demás comienza a carecer de sentido. Del caos surge la creación, de los errores, la evolución, y la destrucción de una parte de quienes somos —o éramos— nos transforma en alguien completamente nuevo.

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Aniquilación (2018), estrenada en cines en Norteamérica el pasado Febrero, llega directamente a los salones del resto del mundo a través de Netflix, donde actualmente podemos disfrutar de su visionado. Su director, el británico Alex Garland, deslumbró con su debut tras las cámaras con la brillante Ex Machina (2015), una cinta que devolvía la esperanza a los entusiastas de la ciencia ficción inteligente y atrevida, esa en la que priman las preguntas sobre las respuestas y la reflexión sobre la distracción.

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La película narra la misión de cinco científicas en una zona acordonada por el gobierno estadounidense en la que se han producido extraños fenómenos debido al impacto de un meteorito. Todo aquel que ha entrado en la zona, denominada en la cinta como “El Resplandor”, no ha vuelto con vida, exceptuando al marido de Lena (Natalie Portman), una de las integrantes del grupo y protagonista de la historia. Destaca que el grupo de personajes principales esté conformado íntegramente por mujeres (Jennifer Jason Leigh, Gina Rodriguez, Tessa Thompson y Tuva Novotny), pero más aún la naturalidad con la que la narración se adapta a este hecho de manera natural y coherente.

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Alex Garland instaura un ritmo lento al comienzo de la cinta, aunque progresivamente se irá acelerando conforme nos adentremos en “El Resplandor” y la historia se aproxime a su desenlace. Esto permite estirar la tensión de un relato que mezcla conceptos de ciencia ficción dura con elementos propios del cine de terror, aunando referencias clave de ambos géneros (Stalker, 1979; La Cosa, 1982, o la más reciente Under The Skin, 2015). La refracción o reverberación, elemento clave en la película, no solo se refleja en los cambios tonales de la narración, sino que impregna sus imágenes con contrastes de paisajes vitalistas y pesadillescos; intercala el preciosismo  naturalista con su vertiente más gore y grotesca; se adueña del sonido a través de una banda sonora tan inquietante como atrayente; y distorsiona la línea que separa la autodestrucción de la aniquilación en un clímax que plantea cuestiones existenciales que nos acompañarán más allá de los psicodélicos títulos de crédito.

Especial Halloween: Lo mejor del Terror de 2017

Especial Halloween: Lo mejor del Terror de 2017

No hay mejor manera de celebrar Halloween que con una buena película de terror. A continuación, recomiendo algunas de las mejores cintas del género estrenadas durante este año 2017:

  1. Gerald’s Game: Llegué aquí sin saber nada de la historia y salgo algo traumatizado (las reflexiones acerca de morir en soledad, de puro terror, y el gore explícito hicieron mella) pero reafirmado en mi entusiasmo por las adaptaciones del maestro Stephen King y las pelis que incluyan a Carla Gugino.

Está en Netflix.

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  1. Mother!: Aronofsky, sin concesiones de ningún tipo y con ciertos aires de engañosa egolatría, se propone filmar una obra magnánima sobre la creación, repleta de simbolismos y metáforas, y que juega continuamente con la ruptura de las preconcepciones que pudiese llevar consigo el espectador. Aunque la historia arranca con la estructura típica de una historia sobre extraños invadiendo una casa, todo va degenerando en un torbellino pesadillesco sin límites para lo impredecible ni lo provocativo.

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  1. IT: Cuando el terror surge descontextualizado, a través de un elemento impropio con connotaciones, a priori, totalmente contrarias al horror, el miedo, por inesperado e invasivo, se vuelve prácticamente tangible. De pequeño, me encontré cara a cara con ese tipo de terror, que se quedó conmigo durante varias noches de pesadillas y temblores. Me negué a ver cualquier fotograma de IT (1990) y la imagen de ese inquietante payaso al que dio vida Tim Curry me siguió aterrorizando durante mucho tiempo. 27 años después, el payaso ha vuelto para encontrarse con alguien que, esta vez, está dispuesto a enfrentarse a sus miedos. ¿Y tú?, ¿te atreves?

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  1. Verónica: Una situación de misterio y rareza. Así calificaba el Inspector jefe José Pedro Negri los hechos acontecidos durante la madrugada del 27 de noviembre de 1992 en la calle Luis Marín, nº 8, en el madrileño barrio de Vallecas, reflejando de manera oficial y por primera —y única— vez en nuestro país, la ocurrencia de hechos paranormales en un informe policial. Paco Plaza, director de la estupenda REC (2007), utiliza la existencia real del informe Vallecas como nexo principal entre su narración y la realidad para construir sobre esta una terrorífica fábula sobre las sombras que alberga el final de la adolescencia.

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  1. Alien: Covenant: Nos encontramos ante una cinta que dignifica el género de la ciencia ficción priorizando la exploración de conceptos desconocidos mientras se dedica a deconstruir un universo del que ya creíamos saberlo todo. Y Ridley Scott está cuajando en él toda su bilis acerca de la humanidad y su destino, desenterrando sus inquietudes con respecto a cuestiones como: ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos?, sabiendo de antemano que todas las respuestas posibles pueden causar tanto pavor como decepción.

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  1. It Comes at Night: De todas las cosas que vienen de noche, incluyendo la oscuridad, el silencio y los elementos fantásticos propios del género, lo que más miedo da es el momento en el que nos enfrentamos en soledad a nuestras pesadillas.

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  1. Life: Sí, su referente es claro, porque si la cosa va de que nadie puede oír tus gritos ahí arriba, no hay más remedio que fijarse en la obra maestra de 1979, pero Life, me atrevería a puntualizar, se parece más a Gravity (2013) que a la peli de Ridley Scott. Primeramente porque su acabado visual es bastante parecido, dejando que la ingravidez se apodere de la puesta en escena y el movimiento de la cámara, que flota y gira sin respetar puntos de referencia convencionales; y por otro lado, el tratamiento del alienígena como un ser fuerte e inteligente —puro músculo y cerebro, literalmente— que, lejos de tener un diseño conceptual aterrador, se convierte en una competencia mortal para la supervivencia de los tripulantes de la nave (ya sabéis cómo funciona esto) que además tienen que lidiar con los peligros más convencionales del espacio exterior.

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  1. Get Out: La película narra la historia de Chris (Daniel Kaluuya), un joven afroamericano que se dispone a conocer a la familia de su novia Rose (Allison Williams). La visita, que ya de por sí podría llegar a ser horripilante para muchos, comienza en lo singular, continua rozando lo espeluznante, y termina cayendo en lo paranoico a través de una sucesión de situaciones en las que, de alguna manera, los blancos acaban insinuando su fondo racista con comentarios más cercanos a la condescendencia —o incluso a la apropiación cultural— que al odio y al desprecio directos propios de épocas ya pasadas. Y todo eso antes de que la cosa se vuelva realmente macabra.

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Espero que aprovechéis el día festivo para disfrutar de este género tan especial, capaz de levantarnos el vello, ahogar nuestros gritos y nublar nuestras pesadillas a través del ingenio y la innovación visual y narrativa.

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Rey Arturo: Apartar la mirada.

Rey Arturo: Apartar la mirada.

La mayoría de la gente aparta la mirada. Simplemente resulta fácil ignorar el rastro de injusticia que la tiranía va dejando a nuestro alrededor mientras no nos salpique directamente a nosotros. Agachar la cabeza y aceptar el yugo de la opresión mientras no nos ahogue. Pero en ocasiones, hay quien se atreve a sostener la mirada en un acto de rebeldía que desafía toda continuidad de poder en tiempos aciagos. Y la mirada del héroe, cuando se posa en el vil con la determinación del que ansía cambiar las cosas, pesa más que cualquier espada legendaria.

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La filmografía de Guy Ritchie destaca por una continuidad estilística digna de elogio. Tanto Snatch, Cerdos y Diamantes (2000) como Operación U.N.C.L.E. (2015) o su nueva película: Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur (2017) mantienen intactos los elementos que hacen de sus trabajos auténtico cine de autor rápidamente reconocible, y esto, tratándose Rey Arturo de un blockbuster veraniego de altísimo presupuesto, es siempre de agradecer.

La cinta narra, a través de un fantástico prólogo, como el ansia de poder corrompe a Vortigern (Jude Law), quien sacrifica sus lazos humanos para usurpar el trono de su hermano y convertirse en rey. Arturo (Charlie Hunnam) escapa y acaba siendo criado en un prostíbulo de los bajos fondos del reino. Pero los sacrificios por el poder tienen un precio, y para mantener el equilibrio entre el bien y el mal, la espada Excalibur se revelará como símbolo digno del único rey legítimo.

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Ritchie redefine los mitos artúricos adaptando los mismos a su estilo y al contexto socio-cultural actual. Así, la galantería propia de caballeros medievales se trunca para dar paso a la rebeldía y chulería de un puñado de hombres buenos que no consienten someterse al despotismo imperante en el reino; y la estructura audiovisual se pliega a la rapidez de un montaje sobre-excitado, a la fuerza de las imágenes oníricas y místicas que sustentan el monomito de Arturo y al abuso de la composición digital de cinemáticas que parecen sacadas del más moderno videojuego, rememorando el aspecto y la intención de otra aventura épica del género: Beowulf (2007), de Robert Zemeckis.

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El poderío innegable de Guy Ritchie a la hora de narrar la historia despunta a la hora de afrontar el desafío formal que supone la unificación de los dos mundos que construye: el terrenal y el mágico; y es en la unión de estos dos mundos donde el director siembra su mensaje: la ruptura del villano con su humanidad para alcanzar el poder a través de lo sobrenatural conlleva a un periodo de tiranía, y este, al surgimiento del héroe como respuesta natural ante el crecimiento del mal, un héroe que aprieta los puños alrededor de una espada mágica que le recuerda que no debemos apartar nunca la mirada.

Atómica.

Atómica.

Berlín, 1989. Las raíces que aún sostienen el muro se congelan al mismo ritmo que la Guerra Fría da sus últimos coletazos. Espías que quién sabe a qué guardan lealtad deambulan por las calles como ratas intentando escapar de un barco que se hunde. No hay ley. Solo un espíritu de sálvese quien pueda sostiene el entramado de endebles alianzas sobre el que se sustenta este ecosistema de artífices de la seducción, el engaño y el asesinato. Hasta que llega Atómica.

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Póster de Atómica (2017)

Atómica, dirigida por David Leitch (John Wick, 2014), narra la historia de Lorraine Broughton (Charlize Theron), una agente encubierta del MI6 enviada a Berlín con la misión de recuperar información perdida de vital importancia. Allí, entablará relación con David Percival (James McAvoy), excéntrico contacto de la agencia en la zona y ejemplo vivo de que el muro no es lo único a punto de caer, pues el mundo del espionaje se tambalea conforme la confianza y las relaciones establecidas durante tiempo atrás se resquebrajan y finiquitan con la rapidez y la sordidez de un disparo en la nuca.

La cinta, que intenta beneficiarse del espíritu de las novelas de John le Carré, ofrece una entretenida historia  de espionaje que apuesta por el enaltecimiento de la forma sobre el fondo. Así, en cada plano se establecen divertidos juegos de simetrías, luces y sombras, reflejando el enmarañado sistema de dobles —o incluso triples— caras que plantean sus personajes. La ambientación, sustentada en la adoración por una estética hortera bañada en luces de neón, consigue rememorar esa etapa final de los 80 donde la degradación de lo retro instauraba un estilo único e irrepetible, pero su relevancia se diluye en la complejidad impostada de un guion olvidable.

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Charlize Theron como Lorraine Broughton en Atómica (2017)

El espectacular apartado técnico que luce la película —quizás demasiado obsesionado con el goce audiovisual del espectador— encuentra su razón de ser en las increíbles escenas de acción que dirige David Leitch, caracterizadas por un excelente planteamiento espacial que consigue sacar el máximo partido a una violencia estilizada y coreografiada hasta el extremo, alcanzando su clímax en un plano secuencia que, pese a valer por sí mismo todo el visionado de la película, está estirado hasta la extenuación (la de nosotros y la de la pobre Charlize).

Leitch, que estrenará Deadpool 2 en 2018, demuestra ser un esteta talentoso, pero aún surgen dudas en cuanto a sus capacidades como narrador. Al menos la película nos ofrece la oportunidad de confirmar lo que veníamos sospechando desde la aparición de Imperator Furiosa en el cine (Mad Max: Fury Road, 2015): Charlize Theron no tiene absolutamente nada que envidiar a ningún protagonista de acción masculino, pues aniquila y seduce con la misma facilidad que su compañero de profesión, 007. Esperemos que en el MI6 se hayan percatado de ello.

La Cura del Bienestar

La Cura del Bienestar

La más hiriente enfermedad del hombre moderno radica en su inútil y desesperada necesidad de una cura, aun cuando no necesita ninguna —o al menos no una cura física— para aliviar el desencanto de la vida y rellenar los huecos que parecen hervir con el estrés del trabajo, la ambición desmedida y la soledad creciente.

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Gore Verbinski, afamado director Hollywoodense, nos regala una magnífica cura a todos los amantes del género de terror que adolecíamos de títulos de grandes dimensiones con los que deleitarnos en una buena sala de cine. Fríos rascacielos de oficinas presentan los títulos de una película en la que acompañaremos a un joven y odioso ejecutivo en su misión de encontrar y traer de vuelta a uno de los peces gordos de su empresa, el cual parece haber perdido el juicio en un excepcional balneario de los Alpes suizos.

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El cuidadísimo aspecto visual de La Cura del Bienestar no es fruto del azar. Verbinski utiliza el encuadre de manera excepcional a través de un formato arriesgado pero acertado (1.66:1) que rememora el panorámico europeo de antaño (ha sido rodada en Alemania, cuna del género de terror) para mostrar mucho más de lo que a simple vista somos capaces de captar: la distorsión de la realidad fruto de la paranoia; la delgada línea que separa y une lo bello de lo turbio; el metafórico e inevitable trayecto hacia un túnel colmado de oscuridad, el impulso sexual que guía y ciega a los hombres…todos los elementos que construyen esta gótica catedral pueden llegar a condensarse en únicos y preciosos planos, como aquél en el que vemos como un tren acerca a nuestro protagonista a su horripilante destino.

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La lluvia de referencias comienza pronto y no parece tener fin: la narrativa gótica de Bram Stoker y Edgar Allan Poe; la concisión visual de Kubrick; o la paranoia incesante de Polanski; ayudan al director estadounidense a edificar una obra que, pese a confluir en su acuífero tal cantidad de afluentes referenciales, se levanta por sí misma como una personal y majestuosa pesadilla donde todo busca resucitar el clasicismo de un género abocado al efectismo contemporáneo de sustos vacíos, tanto de contenido como de interés.

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Un atípico tirabuzón mortal en el que la tensión y la locura se estiran durante dos horas y media, hasta desembocar en un tramo final en el que su verdadera condición de cuento de terror clásico toma forma consciente y se apodera del film, de sus ideas y de su aspecto formal. La locura que habita en Shutter Island (2010) se entremezcla con el fantástico tenebroso de La Cumbre Escarlata (2015), por citar dos referentes cercanos, para ofrecer una malsana ópera que se atreve a ser delirante hasta su irónico plano final.

Moonlight

Moonlight

Una vez vista Moonlight, mantengo aún más firmemente la teoría que elaboré en la crítica de Manchester frente al mar sobre que los fantasmas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida no son capaces de seguirnos en el mar. A la brisa y a la espuma de las olas, ya de por sí elementos letales para estos espectros, debemos añadir ahora un arma temible para ellos, una sutil luz de luna, visible solo a una cierta y avanzada edad, que baña a los niños de azul y de inocencia mientras juegan a adivinar el futuro en la orilla de la playa.

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Barry Jenkins, que dirige y escribe Moonlight, consigue que esta se pose frente a nosotros cargada de sinceridad, amor y vida en una escena inicial donde todo gira con la velocidad endiablada de un torbellino mientras los elementos que van a caracterizar la obra se van posando suavemente cada uno en su sitio. El barrio, donde la droga fluye como un veneno que todo lo perturba sin compasión; su gente, lobos con piel de cordero y corderos con piel de lobo; y el tiempo, de pantalones anchos y miras estrechas. Con una textura limpia, pero difuminada en sus extremos, y una paleta de colores que recoge todo el espectro de la luz de luna, se nos muestra Miami, un chico afroamericano y el paso de los 80 a los 90.

La vida de Chiron se condensa en tres capítulos que contienen momentos sobre su niñez, su adolescencia y su madurez. Tres actores diferentes, todos en estado de gracia, se dejan la piel en mostrar a un chico enfrentándose a los golpes de la vida, disfrutando de los fugaces momentos de paz y felicidad que se le conceden y cuestionándose continuamente el reflejo que le devuelve cada mañana la rutina del espejo en el que nos miramos.

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La extraordinaria narración que consigue realizar Jenkins se palpa en el fluir de la película, sereno, pausado y lleno de melancolía, emulando la sensación de flotar en el mar sobre una pequeña ola que se eleva y se deshace entre el pasado y el futuro. En el tercer acto, alejados del regusto áspero del drama y envueltos ya en sus consecuencias, es cuando la película nos golpea con la cuestión que ha ido dilucidando imperceptiblemente durante el resto del metraje: ¿Quiénes somos?

La identidad, todo aquello que nos conforma y que nos define, no se puede ocultar ni negar, y aunque descubrirla y explorarla puede llegar a hacernos muchísimo daño, debemos tener claro que poco debería importarnos el ruido de fuera, como cuando flotamos en medio del mar y solo se oye un murmullo lejano. Solo nosotros somos dueño de nuestra verdad, esperando inconsciente el milagro de compartirla con alguien que la merezca.

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